Optimismo cruel

Optimismo cruel
desde otro lugar
Laurent Berlant
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Cuando se habla de un objeto del deseo, realmente estamos hablando de un cúmulo de promesas que deseamos que alguien o algo nos haga y que nos posibilite. Este puede incrustarse en una persona, una cosa, una institución, un texto, una norma, un conglomerado de células, olores, una buena idea… lo que sea. Formular el objeto del deseo como un cúmulo de promesas nos permite ubicar aquello de incoherente o enigmático que tienen nuestros vínculos, no para confirmar nuestra irracionalidad, sino como explicación de nuestra sensación de pervivencia en el objeto, en tanto que la proximidad a él significa proximidad al cúmulo de cosas que promete ese objeto, algunas de las cuales pueden ser claras y otras no tanto. En otras palabras, todos los vínculos son optimistas. Esto no significa que todos se sientan como optimistas: por ejemplo, una podría temer el regreso a una escena de hambre o anhelo, o a la reiteración cómica del típico desreconocimiento de un amante o progenitor. Pero rendirse ante el regreso a la escena en la que merodea el objeto con todas sus potencialidades es la operación del optimismo como forma afectiva. En el optimismo, el sujeto se inclina hacia las promesas contenidas en el momento presente del encuentro con su objeto (Ghent 1990).1