Una buena encarnación

Una buena encarnación
padres y madres viejos
Hortensia Moreno
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En marzo de este año, mi madre cumplió 89 años. Antes de este momento, tenía yo muy pocas razones para reflexionar acerca de la vejez.

Dar el viejazo

Hay una escena en La muerte le sienta bien (Death Becomes Her de Robert Zemeckis, 1992) que me puede arrancar carcajadas incontenibles: una de las heroínas de la cinta, interpretada por Meryl Streep —la actriz en ese momento tiene 43 años—, va manejando su automóvil en una noche de tormenta; suenan y relumbran relámpagos y truenos. De pronto, Streep mira por el espejo retrovisor y suelta un grito escalofriante. No la amenaza un monstruo ni ha visto un fantasma; lo que la hace estremecer es su propia imagen. Hay algo más que frivolidad en el grito, incluso en el contexto de la oda a la frivolidad que consigue orquestar esa divertidísima película: la todavía rutilante estrella de la pantalla representada por Streep acaba de dar el viejazo. No puede haber nada más aterrador para alguien cuya principal fuente de realización, riqueza y reconocimiento está en el cuerpo.