Como piel de castor

Como piel de castor
Simone de Beauvoir y yo
Araceli Cárdenas Martínez
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Quince años. Esa era la edad que tenían mis ojos cuando en la lectura de ya no recuerdo qué libro, resaltó entre los cientos de palabras impresas el nombre de Simone de Beauvoir. La primera pregunta fue: ¿cómo pronunciarlo? La maestra de francés, a quien recuerdo con singular simpatía, poseedora de una belleza que convenía a la de una mamá que aparecía en la televisión junto a su hijo, promocionando una marca de cereal, me mostró: Simon doe bofuar. El sonido del nombre me cautivó y se imantó de tal forma en mi ser que proseguí hacia la segunda pregunta: ¿quién es ella? Acudí a la Enciclopedia Hispánica, recién adquirida por mis padres, y el oráculo respondió: escritora y filósofa francesa que nació en la misma fecha que mi abuelo paterno. Ese detalle me condujo a las escasas y escuálidas librerías de mi ciudad. ¿Tendrá un libro de esta autora? Decía y mostraba enseguida a la dependienta el nombre escrito en un papel, dado que mi timidez de adolescente, o tal vez era egoísmo, me permitía pronunciarlo sólo para mí, como si ese nombre fuera la fórmula para acceder a un tesoro semejante al de Alí Babá o el de Montecristo: la literatura. Un gesto de extrañeza y asombro por parte de la librera delataban que en la vida había oído hablar de ella.