Ni computadoras ni sociedades de convivencia

Ni computadoras ni sociedades de convivencia
lecturas
Carlos Amador-Bedolla
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Todavía no sabemos cómo construir una computadora cuántica. Pero sabemos que cuando se construya, podremos explotar las bizarras cualidades del mundo cuántico —superposición, paralelismo, indeterminación, colapso— para realizar proyectos de cálculo de una magnitud extraordinariamente mayor a todo lo que podemos hacer ahora con las computadoras convencionales. Por eso hay multitud de científicos e ingenieros averiguando cómo, cuando tengamos el aparato, lo programaremos para explotar de la mejor manera esas cualidades. Hace setenta años no teníamos computadoras —ni transistores, vaya, ni bulbos—, pero sí un puñado de científicos e ingenieros averiguando el equivalente a cómo inventar una computadora. Alan Turing destacó entre ese puñado de científicos e ingenieros y nos legó el arquetipo minimalista de la actividad de una computadora en una máquina imaginaria, la máquina de Turing. Hace setenta años, en un mundo sin computadoras y sin voto para las mujeres, Turing vivió su homosexualidad de la forma más abierta posible en Inglaterra, tolerado hasta un punto después del cual sufrió un proceso similar al que, cincuenta años antes, había acabado con Oscar Wilde. Su biografía, tremendamente moderna, reitera la idea de la increíble licuadora de usos y costumbres que fue el siglo XX.