Nueva York-Hawai

Nueva York-Hawai
desde la literatura
Carmen Boullosa
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Vine a Hawaii a escribir la historia de María la bailaora y a dar a luz. He terminado con los dos asuntos. Al llegar aquí creí que escribir me iba a ser imposible. Mi embarazo me era desconcertante —pido disculpas por el impreciso adjetivo— y si a eso se suma la novedad del sitio —casa, comida, hábitos,entorno, ocasionales y obligadas compañías—, se comprenderá por qué temí que pasaría los meses leyendo a Dashiel Hammet y a Simenon, cuando no caminando en la playa o viendo películas viejas en la t.v., entregada a nueve meses de evasión para sortear y salir airosa de la no muy fácil experiencia. Lo cierto es que en cuanto mi vida hawaiana se convirtió en rutina —¡oh divino tesoro, la rutina!, ¡para un novelista eres manjar supremo!—, pude pegarme al teclado y narrar de un hilo, sin detenerme. Mi novela, María la bailaora, marchó sobre ruedas; escribí a buen ritmo, cumplí con lo que había imaginado, las piezas iban cayendo al dedillo, los párrafos crecían, las páginas aumentaban, lo que yo había imaginado aterrizaba sin necesidad de forzar tuercas. Desde que llegué a Hawaii tenía ya tramado hasta en el último detalle un esqueleto que no alteré. Lo fui siguiendo con disciplina, y también con enorme placer. En cuanto al embarazo, también aprendí a disfrutarlo, pero esto lo dejo para después. Lo difícil fueron las primeras nueve, porque apenas pasé las diez primeras páginas de mi novela, las situaciones cobraron su propia mecánica, enriqueciendo con su voluntad mi historia, llenándose de pasajes que no imaginé, que se encontraron a sí mismos, que demandaron entrar, sabiéndose los legítimos propietarios del territorio.