Envidia/solidaridad. Política interna

Envidia/solidaridad. Política interna
fronteras capitales
Alvaro Enrigue
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Mientras vaciaba el cómodo en el inodoro de la habitación, Marcel pensó que hubiera preferido ser la convaleciente sin nombre ni cara que yacía en la cama. Jaló la cadena, se lavó las manos y lo devolvió a la mesa ubicada al alcance de la mano de la señora. El golpe del sol matutino en el cromo del instrumento lo hizo sentir desnudo y ridículo, o todavía más ridículo y desnudo de lo que se había sentido desde que, entrando al hospital, recibió como una patada en los huevos las miradas conspicuas de los conductores de ambulancias, las recepcionistas, los compañeros y compañeras de enfermería. Los hospitales públicos se parecen más a los barcos, las cárceles o los monasterios que a otro tipo de centros de trabajo: la convivencia es estrecha, promiscua, y huele a agua podrida y flores muertas. El de Ameins, a pesar del aura olímpica que lo cobija como centro de investigación de punta en asuntos de cirugía reconstructiva, no es distinto.