La Santa Madrecita Abnegada: la que amó al cine mexicano antes de conocerlo

La Santa Madrecita Abnegada: la que amó al cine mexicano antes de conocerlo
desde la crítica
Carlos Monsiváis
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Desde el principio, en función de una estrategia de ampliación y retención del público, la industria fílmica —sin estas palabras— se propone ser el gran espejo de sus espectadores, de sus creencias, obstinaciones, catálogos de sentimientos amorosos, rituales, mitos, prejuicios, gustos, actitudes ante la fiesta y la muerte, localizaciones de la mexicanidad, etcétera. Si el cine era y es por excelencia
el espacio de las masas, a la industria (productores, directores, argumentistas, actores, músicos, compositores, escenógrafos) le importa centralmente recrear, reflejar, adular o criticar con discreción a su público y a la cultura de donde proviene, y que —de maneras percibidas entonces con entusiasmo inaugural— el cine enriquece, modifica y afina. La cultura popular mexicana —urbana y rural— se transforma en forma drástica y se va unificando en el siglo XX gracias, en muy buena medida, a la influencia del cine, la radio, la industria disquera y la televisión. Esto se escenifica en las prácticas cotidianas de las comunidades, en el inventario de ritos y predilecciones, en los métodos de resistencia a los poderes constituidos, en el olimpo de voces y figuras consideradas entrañables, en la folklorización de las realidades de clase, raza y género, o, simplemente, en algo que es moda y la trasciende, en un gran número de gente y por tiempo indefinido en su habla, su vestimenta, su lenguaje de las horas pico del alma y su guardarropa de actitudes.