En el nombre de una madre

En el nombre de una madre
maternidades
María Teresa Priego
PDF

Diego nació, con la ayuda de una partera de Costa de Marfil, en una maternidad de la Seguridad Social en París. El hospital se llama Beaudelocq y fue, a principios de siglo, el lugar donde parían las mujeres más pobres. Las prostitutas. Las madres solteras. Las abandonadas. Las marginadas. Las desvinculadas. Las asistidas. En las oficinas medio desvencijadas de Beaudelocq venden, hecha poster, la reproducción de una pintura in memorias de su historia asistencial: una mujer completamente cubierta, menos su rostro, atraviesa el umbral.
Sola. Inclinada hacia adelante, avergonzada. Ocultándose y abrazando un bultito tan recubierto de trapos como ella. La imagen de la maternidad culpable. El estigma y la tristeza infinita de esa madre sola. ¿A quién habrá amado esa mujer? ¿Lo amó? ¿En qué tono habrá pronunciado su nombre, en esa tarde de abandonos helados? ¿Dónde estaba ese hombre que no aparece en la imagen? La ausencia omnipresente.No hay nadie junto a ella. Nadie. Tan desprotegida y protegiendo. ¿Podrá?
Tal vez. Sí. No. A como pueda y mientras pueda. No hay más que especulaciones inútiles ante la imagen de esa mujer desconocida. Parir allí o en cualquier otro lado da igual. Pero quizá no. No da igual. Si una se concentra en mirarla. Porque hipnotiza esa mujer. Espejo. De heridas. Espejo. De secretos inconfesables. Del silencio más absoluto. De la desesperanza. Espejo. Y quizá era a ella a quien había que ir a decirle justo allí, en Beaudelocq, que esta vez el anuncio de la maternidad fue
una fiesta. Esta vez. Estalló en lágrimas lo que alguna vez fue silencio. Esta vez. Abrazarlo. Nombrarlo. Esta vez. Decírselo a ella. Una misma. Ella. Una. Que la vida llega, deseada y posible. Un hijo por nacer. Sin puñales que atraviesen la espera. Por eso fue, en Beaudelocq. Por el pasado. ¿El de quién? El nuestro. ¿Quiénes? Silencio. El nuestro.