Mis cadáveres

Mis cadáveres
heridas, muertes, duelos
Carmen Boullosa
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Escribo este párrafo al terminar de redactar las páginas que siguen. Emprendí una aventura de conocimiento sobre mi persona, sobre la formación de mi cuerpo, tomando como espejo algunos cadáveres con los que tuve relación en mi infancia y adolescencia. No son páginas folklóricas, si alguien quiere ver aquí calaveras de azúcar, catrinas sonrientes o altares de muertos cubiertos de velas y cempazúchitl, será prudente que busque en otro sitio. Son ciertas memorias tocadas, despertadas por mis preguntas adultas. En ellas he hecho con mi persona lo que como novelista acostumbro practicar con mis personajes. He seguido unos pasos, indagando, intentando explicar qué los mueve, dónde están los resortes de esos actos y sentimientos, y, sobre todo, describir lo que va ocurriendo. Ni he alterado, ni he forzado una ruta: solamente he mordido esos pasos con mis ojos, y he intentado entenderlos. Lo mismo ocurre con el personaje de una novela. No lo fuerzo: lo veo actuar. Él responde a un motor que yo no gobierno, que no es el destino sino otras fuerzas: la trama, su mundo, su atmósfera son espejos y representaciones de una verdad poética. La vida no tiene esta cualidad, el destino es caprichoso —cierto y peca de lugar común—, hace lo que le da la gana.
Pero las personas, como los personajes, responden a una lógica, sus motivos y pulsiones tienen razón de ser, y fueron estos los que intenté olfatear en estas páginas. Para ello me revisé, como a un bolsillo me sacudí para ver qué restaba adentro, me exploré y articulé lo que vi. ¿Me gusta haber pasado por esta experiencia? ¿Me alivia, me hace más ligera, me ha hecho más feliz, me siento en algo liberada? ¿O me pesa, me ha disgustado, ha sido un pasaje incómodo? Ni una ni otra. ¿Prefiero el papel de personaje literario o ser el puño invisible que observa y dicta en otros? Prefiero sin duda el papel de autora, el de quien trabaja con los personajes: espátula, escalpelo y lupa en mano. Los personajes sienten la espátula, el escalpelo y la lupa corriendo sobre su cuerpo. La espátula es de metal, el escalpelo corta, la lupa quema y el cuerpo los resiente. Elegí intuitivamente un punto, un foco para avanzar. Hago el recuento de los cadáveres con los que tuve contacto para caminar hacia mi cuerpo adulto. Estoy por cumplir cincuenta años, en la orilla de una nueva etapa de mi vida. Mis hijos son casi adultos, mi cuerpo comienza a dejar la primera madurez para alcanzar una segunda que, si acaso no será más esplendente, por lo menos tendrá más kilos a bordo y menos ansiedades y torpezas. Con estas páginas viajé por mi juventud, mirándola a la luz de ciertas aventuras interiores de mi infancia. “Juventud, divino tesoro, ya te vas”, y decirlo me alivia más que lo que adelante he escrito. No temo en el futuro la vejez, lo que temí fue abordar mi cuerpo de mujer. Aquí explico la naturaleza de ese abordaje, de ese temor, y me despido de él:)