Entendernos

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lecturas
Gabriela Cano
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A principios de 1954, Salvador Novo dedicó su columna de prensa, “La semana pasada” a comentar su pequeña biblioteca gay, integrada por apenas una docena de libros. Sigmund Freud y Marcel Proust, autores que “contribuyeron a desvanecer el tabú literario sobre el amor que no osa decir su nombre” figuraban en la breve colección del escritor, al igual que La muerte en Venecia de Thomas Mann, El pozo de la soledad de Radclyffe Hall, novelas con desenlaces trágicos que, junto con las obras de Oscar Wilde, se transformaron en referencias centrales de la cultura literaria homosexual. Novo dedica varios renglones a los
trabajos de Alfred Kinsey, profesor universitario que unos años antes sorprendió a la opinión pública de los Estados Unidos al demostrar que la homosexualidad y el lesbianismo eran prácticas mucho más extendidas en la sociedad norteamericana de lo que cualquier persona podría imaginar, en una época en que los valores de la familia y la heterosexualidad parecían ser el único y mejor de los mundos posibles.