Una guerra injusta contra los débiles no puede ser glorioso

Una guerra injusta contra los débiles no puede ser glorioso
miradas feministas sobre el 11 de septiembre
Barbara Kingsolver
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No sé qué pueda tener esta fecha de grandiosa. Se me fue el alma al suelo cuando tomé el periódico y me topé, escrito con una tipografía ostentosa y fanfarrona, con el titular: ¡Estados Unidos devuelve el golpe! —juro que las letras medían 25 centímetros. ¿No deberían reservar los tipos de este tamaño, para algo así como la guerra nuclear? Hemos respondido a un ataque terrorista con otro ataque terrorista, desatando una lluvia de muerte sobre la población que más miedo le tiene a la guerra, sobre la población más aterrada que alguna vez haya podido arrastrarse hasta la puerta y mirado hacia fuera. También lanzamos unas cajitas plásticas con comida que sirven para disfrazar. Según informes, estas cajas permanecen intactas; lógico: los afganos se han pasado la vida aprendiendo a aterrarse de cualquier cosa que les arrojen desde el cielo. Mientras tanto, la ayuda alimentaria genuina, de la que tantos dependen para sobrevivir, se ha parado por culpa de la guerra. Hemos matado a todos los que por ser demasiado pobres o estar inválidos no han podido darse a la huida, y por si fuera poco además, a cuatro representantes de organizaciones humanitarias encargados de coordinar la remoción de minas del sitiado terreno afgano. Ahora esa oficina ha quedado reducida a cascajo, como mi corazón. No me queda más remedio que seguir abogando para que cese esta locura. Sé que me regañarán por ello.