Las hordas de los unos

Las hordas de los unos
desde la diferencia
J. Felipe Montiel Romo
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La traducción, lo sabemos, está preñada de traición. Traición a la forma, al texto, a la estética, al estilo de ese que escribe y habla para buscarse y decirse no siempre sin pesar, desde algún sitio, desde algún intersticio que le obliga a trastabillar su monólogo en la estructura, desde una lengua, para seguir vivo. La traducción nos devuelve una cacofonía que avasalla lo que queda del otro lado y nos deja entre la víscera y el sentido, entre la tinta y la palabra, un dejo, un resto confinado a la nada, al irrepresentable, a la muerte de lo no muerto, al cadáver del que muere ya sin nombre sin tumba ni recuerdo. Es ese resto, al fin, el que se traiciona, el que se discrimina con una pérdida irrecuperable. No obstante ese resto, que no existe más, insiste desde otro sitio real, desde el lugar de los susurros siniestros y los aparecidos, desde el martilleo constante donde las palabras ajenas resbalan de las superficies de aquello que intenta construir, desde un sesgo único, la palabra traicionada.