Una semblanza de Alaíde Foppa

Una semblanza de Alaíde Foppa
Alaíde: veinte años
Annunziata Rossi
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Todas las veces que se me ha propuesto participar en mesas redondas para hablar de Alaíde Foppa o escribir de ella, busqué, y hay que decirlo, con remordimiento, pretextos para declinar la invitación porque me era doloroso hablar de una persona querida muerta, sobre todo desaparecida en circunstancias tan trágicas; "desaparecida", es decir brutalmente asesinada. Es el mismo sentimiento que, cuando viví en la calle de Olivo, me hacía dar vueltas y vueltas por las calles de la Florida, para evitar la casa de la esquina de Camelia y Hortensia, donde Alaíde vivió feliz largos años con su familia, y donde yo, que habitaba a tres o cuatro cuadras de ella, iba a menudo a comer, platicar, trabajar con ella o asistir a sus reuniones en las que estaba presente la inteligencia de México y del exilio. Hoy, a veinte años de su desaparición, siento el deber de contribuir a mantener viva su memoria, a recordar aquel 1980, cuando empieza la destrucción de la familia Solórzano-Foppa primero con la muerte de su joven hijo Juan Pablo en la guerrilla de Guatemala, después con la de su esposo, Alfonso Solórzano, atropellado en Insurgentes por un coche que huyó —y muchos se preguntan todavía si no se trató de un atentado—, y luego, en aquel terrible 19 de diciembre, con la supresión de Alaíde, a la que seguiría la de otro de sus hijos, Mario, acribillado en una estación de Guatemala.