Sirvientas

Sirvientas
el trabajo doméstico
Alma Guillermoprieto
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La primera empleada que tuve en Río de Janeiro me duró menos de un mes. Su remplazo se llamaba Flora y era una mujer tímida y regordeta que había sido campesina antes de emigrar de su natal Minas Gerais a una favela en el corazón de Río. Nunca había trabajado ajeno porque su marido, evangélico como ella, no quería que su alma corriera peligro fuera de casa. Pero su vecino, Jair, que se encargaba de los desperfectos de plomería y electricidad en mi casa y en la de muchos otros corresponsales extranjeros, y que también era evangélico y gozaba de gran ascendencia en su barrio, recomendó a Flora conmigo, y convenció a su marido de que yo era una señora de respeto, y que en mi casa no rondaba el diablo.