La muerte sin escena

La muerte sin escena
desde la cultura
Nelly Schnaith
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El poema de Auden se titula 1ro. de septiembre de 1939, el olor innominable es el de la muerte genocida. Pero su poética vuela por encima de cualquier momento histórico para encararnos con un sentimiento cuyo fondo se vuelve banal a fuer de ecuménico: el nombre mismo de la muerte ofende la noche tardía de cualquier verano, ofende toda imagen asociada con la calidez sensual de la vida, con el sensorio epitelial de eros. La muerte ofende el canto del ruiseñor. Qué decir de su desnudo acontecer. Para soportar la idea y el hecho de la muerte los seres humanos han tenido que amansarla: adornarla, disfrazarla, mitificarla, simbolizarla, contarla. En suma: escenificarla. Modos, todos ellos, de representar lo que por principio escapa a la representación y al discurso. Hay que vestir la muerte. Algún diccionario define la voz vestido como aquello que cubre el cuerpo por honestidad o por abrigo o adorno. Cubrimos la desnudez de la muerte porque su realidad a secas resulta ruda, indecente, impúdica. Y la impudicia, ese obsceno pájaro de la noche, tanto perturba la intimidad inconfesa del deseo en el individuo como agravia el pudor pautado por la norma en la sociedad. La muerte desnuda espanta. Ha de aplacarse. Debe encubrir su descaro incivil, adoptar una figura presentable que la represente ante la colectividad y la persona.