La cuarta visita papal: el espectáculo de la fe fascinada ante el espectáculo

La cuarta visita papal: el espectáculo de la fe fascinada ante el espectáculo
crónica de la teocracia
Carlos Monsiváis
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Que nadie dude del vigor de la fe que mueve montañas demográficas. La visita del papa Juan Pablo II a México en enero de 1999 probó, por si hubiera falta, la necesidad en materia de recuperación de orígenes y búsqueda de substancia. Absolutamente respetable, la devoción y la indefensión asumida de millones de personas (pobres, sin trabajo, enfermos, sometidos a diversas violencias, huérfanos en el sentido radical del término) movilizaron como nunca a la ciudad de México, le imprimieron durante cinco días un tono distinto, ni religioso ni laico, ni despegado de la televisión ni ausente de las calles para verlo pasar, ni decidido a vivir el día entero la religión ni carente de celo parroquial. Si la sociedad está cabalmente secularizada, también vive a fondo su pasado, y de allí extrae, en condiciones únicas, los consuelos de que sabe poseedora a la religión unos cuantos días al año. La visita del Papa no fue la reconciliación con las fuerzas celestiales, ni fue tampoco sólo el inmenso show que habilitaron los (codiciosos) medios masivos y los empresarios; fue, y eso es suficiente, el recordatorio sublime: a fines del siglo XX la mística nacional requiere de la alianza entre la tradición y las transmisiones en vivo y directo.