Te debíamos la vida

Te debíamos la vida
desde la literatura
Rossana Quiroz Ennis
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Llegabas en la madrugada a servirte un trago y a escuchar música clásica con la bragueta desabrochada y un cúmulo de frustraciones en la cabeza. Pasabas horas sumergido en esa mezcla borrosa de lámpara a media luz, vapores de alcohol y música antigua. Luego dormías hasta el medio día y todos teníamos que ocuparnos de mantener las cortinas cerradas, el teléfono descolgado y controlada la respiración. Eras demasiado grande y no era bueno verte enojado porque te daba por romper las puertas o agarrarnos a todos a cinturonazos. También los amigos del barrio te tenían miedo por gritón y, sinceramente, nosotros preferíamos que te mantuvieras ocupado con tus ancianas y enfermos terminales. Resultaba difícil imaginarte en el hospital, salvando vidas de aquí para allá, cuando a la casa nada más llegabas a destruirlo todo. También era curioso cómo sabías tanto sobre la muerte y tan poco sobre estar vivo. En realidad, actuabas como si lo único bueno que podía hacer la gente era morirse y las personas tenían que estar enfermas para poder estar cerca de ti.