La reina del Chili Beans

La reina del Chili Beans
desde las estrellas
María Teresa Priego
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El juicio de Yolanda Saldívar reunió a la comunidad latina con una intensidad pocas veces vista en el sur de los Estados Unidos. De manera simultánea, varias empresas y universidades consideraban la anulación de sus programas de "acción afirmativa". Este retroceso en las conquistas de las minorías de color provocó reuniones, alguna huelga de hambre, descontento. En la arena mediática, con el enfrentamiento de Yolanda y el espíritu de Selena se jugaban simbologías al parecer más importantes que la desaparición de las cuotas reservadas para el ingreso de las minorías étnicas al mercado de trabajo o la universidad. La mayoría de nuestra minoría prefirió concentrarse en Selena. ¿Por descomprometidos?, ¿porque sabido es que a ese "pueblo" le encanta el circo?, ¿o porque los chicanos, "la raza" a la que expulsamos involuntariamente de nuestro territorio, a la que no nos decidimos aún otorgar el derecho a la doble nacionalidad, esos hijos desbalagados de nuestra señora del Tepeyac tienen sus propias leyendas, sus propios significantes, sus indispensables mitos? Hubo un Anthony Quinn. Había, comenzaba a haber una Selena. Convocadora de masas, Selena en el escenario sudaba el éxito, la juventud, el atractivo, la fuerza. El reconocimiento. Una morenaza como nosotros que invadía el espacio vetado, el del otro, y lo dominaba a golpe de talento. Selena era, con ombliguito al aire, la versión esperanzada y luminosa de la lenta travesía del Río Bravo. La reivindicación y la voz. La heroína. ¿Y su homicida? Yolanda, que logró magnificarse la mitad de un día, el tiempo necesario para el disparo y las doce horas posteriores en que, encerrada en su auto y con la pistola en la sien, sollozó y se explicó compulsivamente por teléfono con su hermana y con los miembros de la policía. Al fin escuchada, tan minúscula y regordeta, tan prematuramente envejecida, tan más bien feicita y medio mensa, prodigiosamente oscura. La otra cara de las brazadas del Río Bravo. Yolanda era el silencio. La sombra. La organizadora del club de admiradores de Selena. El ama de llaves de Selena. Llegado el momento, la antiheroína perfecta. Y allí anduvieron, durante años, gusanito y mariposa, dicen que muy together y dicen que hasta muy sisares. Hasta que en un motel pulgoso de Corpus Christi, el corpus sexy de Selena se convirtió por obra de un disparo de Yolanda en el cuerpo del delito...