La noche verde del Parque Laberinto

La noche verde del Parque Laberinto
desde la literatura
Nicole Brossard
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Es una historia. No vi la noche. Entré en la noche un día de solsticio en Barcelona. A la salida del Metro Montbeau, caminé lado a lado con la voz de Nonna Panina hasta la entrada del Parque Laberinto. En el verde incalculable de la noche, cuando ya podían escucharse la música y los primeros sonidos de la fiesta, subí lentamente las escaleras que llevan a la terraza suspendida sobre el laberinto. Ahí, entre las voces y los ojos que han amado tantos libros como yo, caminé entre Traude Buhrmann y Liana Borghi, entre Mireia Bofill Abello y Susanne de Lotbiniere-Harwood. Contemplé durante mucho tiempo en los ojos de Lea Morri en el agua del Rhin seguir su curso hasta México en el cabello de Adriana Batista. No vi la noche, sólo el chal azul que se deslizaba sobre los hombros de Simone Carbonel. Después aparecieron otras mujeres. No vi más que la blancura de sus camisetas, la punta de sus senos apoyados sobre los nombres de Virginia Woolf, Frida Khalo, Gertrude Stein y de Mujeres sublimes. Más lejos, otras mujeres declinaban tiempos verbales con significantes misteriosos en las comisuras de los labios. No vi la noche sino a Sonia, que buscaba el final del mundo en catalán, Sonia, que cerraba los ojos diciendo que la noche, esta noche, era la más bella que se haya conocido en Occidente después de siglos. Fue entonces que en la noche només per dones volví la mirada hacia el laberinto que brillaba con todo su misterio en la noche fo rwomen only que amplificaba todos los sentidos.