Y tú, ¿quién eres?

Y tú, ¿quién eres?
identidades
Luz Aurora Pimentel
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A veces quisiera poder ser otra para dejar de ser ninguna. Mientras tanto, soy una sombra. Eso, claro, como dice el viejo Lear, me lo tendría que aprender. El problema es que no es fácil acomodarse a su sombra porque depende tanto de la luz, y la luz... Bueno, en todo caso es algo que está y no está, y una no puede supeditar su ser al estar sin desquiciarse. Mejor partamos de la raigambre más firme de la identidad social; tan sencillo como llenar un formulario, un machote, como decimos en México (sin ninguna intención irónica, ni siquiera de autoconocimiento): nombre, edad, sexo y condición... para empezar, desde luego, porque el inventario se puede multiplicar ad infinitum. ¡Ay, qué alivio! Soy un abanico, un entra-mado, un árbol de Porfirio. Bueno, eso ya está mejor que la sombra, y aunque sea de Porfirio, se lo confisco para mis propias ramificaciones. Una identidad arborescente, cada entrada se subdivide, como en los pasaportes: estatura, peso, complexión, color de ojos y todo eso. A nuestra disposición un emocionante juego de cartas para construirnos innumerables castillos del ser: acta de nacimiento, credencial de elector, del INSEN, de la UNAM, de la UAM, del ITAM, wham pam bam, thank ye ma'am; del IMSS, del VIP'S o del ISSSTE (aunque sea triste, como hacer cola para el café, el hospital o el funeral); cédula profesional, pasaporte (aunque nunca pueda una pasar a ningún lado sin pagar el importe de toda suerte de impuestos); licencia de conducir, RFC de buena conducta, todo ello conducente a una transparente identidad; cartilla, para que se la lean a uno, a condición de ser del sexo correcto, claro está, y lo malo es que una nunca es del sexo correcto; tarjeta de circulación, circulación sanguínea bien identificada como RH positivo o negativo, sangre universal... ¡Póker de identidad! ¡Gané! Podríamos incluso internacionalizarnos, tener carte d'identité, green card y toda suerte de abigarrados bichos de filiación.