En Roseau

En Roseau
desde la ficción
Jamaica Kincaid
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Quizá era inevitable que cuando ya conocía tan bien como la palma de mi mano el largo camino de la casa de mi padre a la escuela, en el pueblo vecino, hubiera de abandonarlo. Este camino, con sus ocho kilómetros de ida y sus ocho kilómetros de vuelta, nunca dejó de atemorizar a todos los niños que lo tomábamos para ir a la escuela; siempre buscábamos compañía para recorrerlo. Caminábamos siempre en grupo. Nunca fuimos más de una docena, siempre más niños que niñas. No eramos amigos —las relaciones amistosas no eran bien vistas. No debíamos confiar en ninguno de ellos. Este era un lema que nos repetían nuestros padres; y fue una constante en mi educación, como una regla de buenas costumbres: nunca confíes en esa gente, me decía mi padre quizá con las mismas palabras que los padres de los otros niños usaban para repetir el lema, quizá en ese mismo momento. El hecho de que "esa gente" fuéramos nosotros mismos, que esa insistencia en la necesidad de desconfiar de los demás —gente con nuestra aparien-cia, con nuestra misma historia de humillación y sufrimiento, de esclavitud y genocidio— tuviera que quedarnos totalmente clara desde niños no es ya un misterio para mí. La gente de la que hubiera sido natural que desconfiáramos estaba completamente fuera de nuestro alcance, y las pasiones que hubiera debido despertar eran mucho más fuertes que la simple desconfianza. Pero la desconfianza era sólo uno de los muchos sentimientos que alimentábamos entre nosotros, siempre opuestos al cariño, siempre ocupando su lugar. Era como si hubiera una competencia entre nosotros por un premio secreto; cualquier expresión de cariño estaba entonces prohibida: le hubiera dado una ventaja al otro. No eramos amigos. Caminábamos juntos. Nos acompañábamos porque teníamos miedo, miedo de cosas que no podíamos ver y, cuando aparecían, a menudo no éramos capaces de comprender el peligro que encerraban. Así de confusa era nuestra realidad. No era sino cuando nos habíamos alejado del pueblo y estábamos fuera de la vista de nuestros padres que nos juntávamos.