Madame Bovary y la soberanía nacional

Madame Bovary y la soberanía nacional
desde la crisis
Margo Glantz
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Todavía era yo adolescente cuando leí Madame Bovary. Desde entonces no he podido volverla a leer, y debo asegurar que ha pasado mucha agua bajo los puentes. Y no he podido volverla a leer por una simple razón, y no se vaya a creer que por la escena final del envenenamiento, esa escena es larguísima, o mejor esa descripción de páginas y páginas donde la protagonista va sufriendo poco a poco la inexorable acción del arsénico, una acción que se describe con morosidad y delectación y que nos permite sentir y ver cómo el veneno va provocando reacciones fisiológicas terribles y, sin embargo, tan lentas que la muerte tarda siglos novelescos en sobrevenir. No, esa no es la causa de mi aversión hacia la novela; tampoco me causa aversión que Miss Emily, la del famoso cuento de Faulkner, le haya dado veneno para ratas a su bien amado, el yankee Homero Barron, para provocarle en su noche de bodas deliciosos y retardados estremecimientos, muy probablemente los mismos estremecimientos convulsivos del veneno que devastó el maravilloso y apetecible cuerpo de Emma Bovary. No, lo que más aversión me causa, sí, una profunda aversión (aún vigente), es el paulatino endeudamiento que la va dejando sin recursos, que va enajenando su matrimonio y el de su hija, la pobre Berta Bovary, mucho menos bella que su madre y mucho menos frívola, y también, mucho menos inteligente. No, lo que más me espanta, me produce náuseas y me impide volver a leer la novela, es la incapacidad de la protagonista de mirar hacia el futuro, de conservar o aumentar su patrimonio, su disposición a enajenarse y a enajenar a quienes la rodean.