Vivos queden en la muerte

Vivos queden en la muerte
desde otro lugar
Noé Jitrik

La muerte, se sabe, es un hueso duro de pelar. Mentalmente, sin embargo, se la entiende y se la admite: es el lógico precio que tenemos que pagar por el privilegio de haber sido puestos, arbitrariamente, en la cadena del tiempo, también llamada rueda o carro del tiempo. Visceralmente, en cambio, es rechazada: es temible su llegada, es siempre inoportuna, a menos que se piense, como lo daba a entender Juan Sebastián Bach cuando tituló una de sus piezas 'ven, dulce muerte", que es un premio, que es la puerta de acceso a una zona de calma, mar de calma también le dicen. En este temor nos la figuramos acechante, retorcida, cruel, y quizás tenga esos atributos. Si se le pudiera preguntar, como lo intentaron en la Edad Media exaltados ermitañas, por qué es así, tal vez respondería que los seres humanos, que no son todos mexicanos, la hicieron así de siniestra, oculta, moradora de las sombras. Pero ni siquiera es benevolente con los mexicanos que, hasta la fecha, pese a festejarla con figuritas de caramelo, tampoco son inmortales y, por el contrario, han estado siempre a los codazos con ella, violenta ella, violentos ellos. Eso de que se la admite es casi siempre para los demás: es excepcional que sea para el que lo dice o lo reconoce; eso de que se la teme es para uno, aunque el amor, que suspende por unos instantes el implacable apretón de la cadena del tiempo, derrota ese sentimiento egoísta y lo torna altruista: se teme también, en el amor, por la muerte de los demás: yo no quiero que mueran aquellos a quienes amo, la imagen me resulta inaceptable, estoy dispuesto a pensarlo todo de nuevo para que eso no suceda.</p>