Llanto

Llanto
desde la literatura
Carmen Boullosa
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El viento continuó avanzando, sin alzar la cabeza, pegado al piso, rastrero, pertinaz, constante. El viento siguió llevando aquella arenilla imperceptible en que se convirtieron las mujeres que reventando en carne reventaron en arena, insostenibles en este tiempo. El viento avanza, avanza, se dirige. El viento sigue, acariciando tobillos, rozando los cauchos de las llantas de los automóviles, oliscando los troncos de los árboles cuando se convierten en raíces, pasando como un soplo al pavimento. El viento sigue avanzando, sin cansarse. Se posa aquí y acá, pero no se detiene. Se posa, dice “aquí estoy, cuidado”, nunca para. Está para estar. Recorre la ciudad con celeridad y reconociendo los grandes mercados hundidos en yerbas pudriéndose al sol, los mercados de anchas avenidas para los que compran al mayoreo, los mercados de puestos al aire libre y montañas de elotes, los mercados bulliciosos donde nada llega envuelto más que de su propia cáscara, y ni esto a veces: los elotes sin hojas exponen los granos, ejemplificando los de los cerros de elotes que reposan bajo ellos, las tinajas de zanahorias, los mazos de flores, las papas en volúmenes tales que siendo sin olor perfuman el aire con olor a papa, el rancio olor de la papa, y las cebollas acomodadas mirándonos como ojos ciegos en interminables pasillos... Ahí fue el viento, recorriendo el gran mercado de Jamaica entre las húmedas hierbas que parecen volver escudillas de sopa fría a los pasillos del mercado... Recorrió el vientecillo, olisqueando, como queriendo comprobar si la huella del gran tianguis había sobrevivido a los siglos de los siglos o si había sido reemplazada por esa nueva idea del mercado, el supermercado, el que en nada se parece a aquel otro mercado, aunque el color de las ropas, las risas, los corrillos de gente, las charlas de los marchantes son reemplazados por el color de los envases fastuosos de los alimentos, como si para practicar la compra y la venta necesitáramos apoyarnos en adornos rituales... El vientecillo siguió adelante. Aventó de nuevo otro puño a los pies de un atolondrado escritor, enviándolo en un chorro de viento atinado a morir, y ésta fue la constancia que dejó: