A Francisco Estrada Valle

A Francisco Estrada Valle
desde lo cotidiano
José Ramón Enríquez
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Años duros, turbios, enormemente dolorosos, años finales de un milenio que fue pensado para acabar de otra manera. Si alguien soñó con que, luego de Hiroshima y Nagasaki, se aboliría la guerra, estos años han venido a probar precisamente lo contrario. Si los heraldos de la ciencia creyeron en vencer la enfermedad, o al menos en paliar su dolor, estos años prueban brutalmente que el orgullo del siglo resultó un gigante con pies de barro. Si alguien pensó que el hombre dejaría de ser lobo del hombre, y que podríamos convivir todos, con nuestras diferencias y nuestras preferencias, para hacer este mundo más humano, más alegre, estos años demuestran lo contrario. Años tristes, de muertes más inútiles que nunca. Pero si, en medio de tantas sombras, hay algo que sustente la esperanza, es el hecho de que haya hombres que se estremecen ante el dolor de sus hermanos y dedican su vida a luchar junto al que sufre y contra el sufrimiento.