El cuerpo: un codificador del alma

El cuerpo: un codificador del alma
desde otro lugar
Nelly Schnaith
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Que el cuerpo sepa codificar no quiere decir que el alma pueda decodificarse fácilmente en los signos corpóreos de su epifanía. Entre la sonrisa del bebé que se mira en el espejo de su madre y la de Mona Lisa caben todas las significaciones posibles de dos labios recogidos en sus comisuras, por no imaginar una boca de trazo abatido, un brazo en alto que llama, increpa o despide, un torso inclinado que saluda u obedece y toda esa mímica visible en que se manifiesta el alma invisible de los individuos, de las épocas y de las culturas. Así celebra Valéry las virtualidades de la mano: "¿Cómo encontrar una fórmula para este aparato que a la vez golpea y bendice, recibe y da, alimenta, presta juramento, marca la medida, lee para el ciego, habla para el mudo, se tiende al amigo, se yergue contra el adversario, y que se hace martillo, tenaza, alfabeto?". El cuerpo es el huésped silencioso de los signos del espíritu. Huésped es tanto el que acoge como el acogido. El cuerpo se acoge a los usos, a las costumbres, a las modas, a la memoria cultural, a todos los códigos que permiten que un ser humano se haga reconocer por otro. Y en esa gestualización universal y repetida pretendemos leer cada vez un acontecimiento individual e irrepetible: la presencia inmaterial de una persona en la materia anatómica.