Un objeto de la ciencia histórica

Un objeto de la ciencia histórica
historia
Alfredo López Austin
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A los historiadores nos competen asuntos que van de lo común y banal —dígase, si no, las biografías de los próceres— a lo inusitado, como el ejercicio de la imaginación para saber qué puede ser “el amor en los tiempos de la democracia”. Nos competen estos asuntos porque somos los encargados de encontrar bajo el azar aparente de los acontecimientos toda una red de hilos causales. Como técnicos de la compañía telefónica, indagamos el orden del cableado en el subsuelo social. Dictaminamos cuáles son los cables maestros (determinaciones en última instancia) y cómo los ramales se van convirtiendo en conductos cada vez más sutiles hasta llegar a una superficie colorida, rica en acontecimientos, pero insuficiente para explicarse por sí misma. De donde nuestra función es descubrir que tanto lo que parece indeterminado como lo que parece una maraña de determinaciones no son sino madejas dendrológicas causales, pasibles de análisis racional. En términos menos rebuscados, que tenemos como funciones entender y explicar cómo y por qué se va transformando este objeto tan complejo que llamamos sociedad.