Donde acaba el deseo

Donde acaba el deseo
literatura
Sergio González Rodríguez
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No se necesita citar a ningún filósofo célebre para saber que el amor es un gran malentendido. Si a esto se agrega que alguien lo orilla a uno a expresar puntos de vista, impresiones o chistes sobre el amor se redondea el escenario del absurdo o la imaginación. El colmo de todo viene cuando al tema del amor se le encadena la literatura, y entonces se roza el abismo donde aguarda el lugar común, la palabra con pretensiones sublimes, la confesión familiar o el desparpajo como estrategia defensiva. El amor desde la literatura es una suma, de malentendidos. No porque no puedan hacerse referencias literarias sobre ese tema de temas, sino porque en la convocatoria de los grandes teóricos —y para muestra basta un botón— hay algo de optimismo vergonzante, ese acto de protegerse en el fichero para hablar del amor. De nada sirve invocar a Denis de Rougemont, a Stendhal, a Fromm, a Barthes, a Kristeva, a Alberoni. Tampoco sirve acogerse a la sabiduría de los amorosos de Sabines, a San Álvaro Carrillo, o la fresca inteligencia del pensador inglés que responde al nombre de Johnny Walker. Como se ve, y como se suele experimentar, el amor está en la zona de la vida que más atrae por lo que representa de contrario a toda certeza: la incertidumbre, la ambigüedad, lo múltiple, lo perverso, el gozo de lo contradictorio.