Maternidades

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Varios
octubre 2004

Editorial

Si en algo encarna de manera innegable la diferencia sexual es en la maternidad. El proceso de gestación transforma el cuerpo de las mujeres y altera su subjetividad, la experiencia del parto las marca y el amamantamiento propicia una cercanía con la criatura recién nacida que difícilmente logran los padres. Aunque la distinta sexuación de cuerpos femeninos y masculinos se expresa de muchas maneras, ninguna es tan obvia y contundente como la de la maternidad.

La maternidad es una experiencia compleja: gratificante, absorbente y conflictiva. Ser madre ha sido, en casi todas las culturas, el rasgo determinante del ser femenino. Sin embargo, la maternidad no tiene el mismo estatuto en todas las culturas y desde hace siglos cada sociedad ha desarrollado sus formas peculiares de control natal, incluyendo el aborto y formas extremas como el infanticidio,1 que expresan una forma básica del derecho de las mujeres a aceptarla o no. Claro que el desarrollo masivo de los anticonceptivos a mediados del siglo XX, transformó la práctica ya existente de evitar los embarazos con métodos rudimentarios, en una práctica más fácil y segura.

Función biológica o deseo existencial, la maternidad ha sido idealizada a lo largo de siglos; hace sólo treinta años que el feminismo de la segunda ola la bajó de su trono para desarmarla, analizarla en todos sus componentes, rechazarla e incluso denigrarla. La línea central de las argumentaciones era que en torno a esta “labor de amor” se tejían formas sutiles y brutales de opresión personal y social de las mujeres: la renuncia a un proyecto propio, la doble jornada de trabajo, la resignación ante la violencia familiar (“me aguanto sus golpes porque no puedo dejar a mis hijos”), etc., etc. Cuestionada por el feminismo como una imposición cultural anquilosada en una época de evolución tecnológica y científica, la línea política que se siguió fue la de defender la “maternidad voluntaria”. Sin embargo, tardó todavía un tiempo en aparecer una crítica no complaciente que señalara que a muchas mujeres la maternidad también les servía como escudo para actitudes abusivas, incluso crueles, con sus hijos y demás miembros de la familia.

En México, las feministas nos hemos sumado a esa línea crítica desde los inicios de la revista fem. En 1978, el número 9 de fem. estuvo dedicado a Madres, hijos, hijas; el número 43, varios años después, en 1985, tocó nuevamente la Maternidad; en 1987, el número 53 se tituló Otra vez el 10 de mayo, y en 1988, se habló extensamente de Madres solas, hijos sin padre, en el número 62. En DEBATE FEMINISTA, el sexto número, de 1992, tuvo como tema central la creación y la procreación; entre lo publicado aquí, destacan los textos de Rosa Coll, “Dejar de ser madre” y el de Parveen Adams, “Hacer de madre”, tan actuales hoy como hace doce años. No voy a repetir todo lo que se ha dicho desde entonces. Lo que quiero destacar es cómo, pese a poco más de treinta años de críticas y cuestionamientos, la maternidad sigue siendo un tema central en la vida de la mayoría de las mujeres, aunque sea para rechazarla. En el número anterior sobre Las raras, escuchamos un grupo de voces de mujeres que se contaban las razones por las que no habían sido madres. En esta entrega presentamos a madres muy distintas entre sí y formas muy diversas de ser madre: madres gozosas, madres que trabajan, madres lesbianas, madres discapacitadas, madres que matan, madres que pierden a sus criaturas. Muchas de ellas no son incluidas en los empalagosos discursos que mistifican la maternidad.

Iniciamos esta sección con la loa gozosa que hace María Teresa Priego de su primera experiencia de embarazo y parto vivida en Francia. Ella muestra que se puede disfrutar enormemente la maternidad sin cegarse a lo que significa socialmente esa experiencia.

Cristina Palomar Verea trabaja sobre las “malas madres” como un aspecto de la construcción social de la maternidad, en concreto, del orden discursivo del género: mujeres acusadas de maltrato, abandono, filicidio y aborto o consideradas no aptas por los saberes psiquiátricos y psicológicos. En el otro extremo se hallan las buenas madres, representantes del ideal social de la maternidad. Palomar plantea un aspecto fundamental: el cuestionamiento del deseo de ser madre. Pocas veces se explicitan las razones por las que una mujer decide tener hijos, dando por un hecho natural el que las mujeres quieran ser madres, sin preguntarse sobre las condiciones en las que van a serlo.

Yanina Ávila se propone desconstruir el modelo mujer = madre en nuestra sociedad. Repasa los hallazgos y reflexiones de Margaret Mead sobre la inexistencia de un instinto maternal universal, y aquí resultan muy interesantes los datos sobre la experiencia maternal de la propia Mead. Cuestiona, como Palomar, el que la maternidad sea considerada “natural, universal e inalterable”, así como la extrañeza que despiertan las mujeres que después de haberlo reflexionado eligen no ser madres.

Ángeles Sánchez Bringas, Sara Espinosa, Claudia Ezcurdia y Edna Torres nos presentan reflexiones y testimonios sobre las nuevas formas de la maternidad en México. Prácticas reproductivas distintas a la mayoría, para las que no existen todavía elaboraciones ni significados culturales. Una ejecutiva que tuvo a su hija ella sola a los 35 años y que la ha criado con la ayuda de su madre. Una mujer lesbiana que crió a su hijo los primeros años sola y ahora vive con su pareja mujer y públicamente como lesbiana. Una mujer a quien la vida condujo a no tener hijos. Resulta interesante escuchar a estas mujeres que rompen, sin proponérselo, con los modelos tradicionales.

Por su lado, María del Pilar Cruz Pérez incursiona en un tema silenciado: la maternidad de las mujeres con discapacidad física. En general se las ve como seres infelices, asexuados, se piensa que ni sueñan en tener pareja y mucho menos hijos, pues no son atractivas ni independientes. En la investigación realizada por la autora, dan testimonio varias mujeres discapacitadas que insistieron en tener hijos, yendo en contra de sus médicos, familias de origen y la sociedad en general.

Araceli Colin reflexiona sobre el duelo por la muerte prematura (in utero) de un “hijo”. Esta muerte entraña un gran riesgo, porque no hay —en México ni en la mayor parte del mundo— una experiencia del vínculo más que para la mujer que tuvo la pérdida, pero no para la ley, los médicos ni los familiares. En cambio, en Japón existen los cementerios de mizucos (muñecos), donde se pueden reconocer esos lazos que no pudieron actualizarse. Colin plantea que la sociedad debe reconocer esta situación, apoyar a las mujeres y hombres que no tienen cómo vivir la pérdida de un hijo que para ellos fue real.

Hélène David trata con sumo cuidado un tema que horroriza: las madres que matan. Su análisis sobre las mujeres que han dado muerte a sus hijos y después, en todos los casos, han intentando matarse ellas, muestra que lo han hecho para no dejar desprotegidos a los hijos, a los que querían llevarse con ellas a mejor vida. David plantea que se trata de mujeres bastante “normales”, de las que no estamos tan alejadas como desearíamos creer, aunque son mujeres que nunca resolvieron su “angustia de abandono” (a la que somos sensibles todas las mujeres) y que ante una separación o un rechazo de la pareja deciden matarse y matar porque ya no tienen fuerzas para encontrarle sentido a la vida.

Esta entrega sobre la maternidad va acompañada de contribuciones variadas: reflexiones teórico-políticas, un trabajo de crítica cultural, dos cuentos y dos testimonios. María Jesús Izquierdo pone en el centro de la mesa una cuestión que subyace al tema que nos ocupa: ¿quién cuida a quién? En su sólido y provocador ensayo, Izquierdo presenta pistas para pensar desde un marco más amplio el tema del cuidado humano, tradicionalmente delegado a las mujeres. El ensayo de Marie Magdeleine Chatel aborda con rigor el tema del deseo de un hijo y las nuevas tecnologías reproductivas. Desde una mirada psicoanalítica, revisa cómo el “cientificismo” a ultranza deja a un lado la palabra de las mujeres, de sus parejas, el juego espontáneo del deseo y hasta la ética médica para elaborar criaturas que supuestamente colmarán las vidas de sus padres.

Desde la crítica cultural, Carlos Monsiváis hace un recorrido por el personaje de la “santa madrecita abnegada” del cine mexicano de la edad de oro. Las primeras actrices cuyos personajes no se integran al paisaje y que tienen características propias y singulares son Dolores del Río y María Félix. Todas las otras, sobre todo en los melodramas, despliegan un “carácter monocorde”. Monsiváis define a Sara García, “la institución misma de la maternidad”, como la “renuncia a la mentalidad independiente”. ¿Será que el mito de la santa madrecita, bien afianzado en las familias mexicanas que solían ir juntas al cine, pervive y las madres siguen siendo así, manipuladoras y “chantajistas”?

Dos cuentos presentan a madres que distan mucho de parecerse a las madres del cine que comenta Monsiváis. Mujeres que, con seguridad, nunca se sintieron parte de la ecuación mujer = madre. Las escritoras Francesca Gargallo y Mónica Lavín se atreven a cuestionar con valentía los supuestos y tabúes fundadores de la maternidad. Gargallo retrata a una mujer que no quiere ser madre, que rechaza al hijo y que se siente atrapada por la maternidad. La posibilidad de elegir abre una inesperada resolución. Lavín narra la historia de un hombre joven que va a Nueva York a buscar a su madre, la que los abandonó cuando él era un niño. El encuentro se salta totalmente los parámetros conocidos con una transgresión sorprendente.

Dos testimonios muy distintos completan la sección. Por una parte Adriana Ortiz-Ortega narra cómo desde siempre estuvo presente en ella el deseo de tener un hijo o hija, y cómo siguió vivo ese deseo durante su paso por la bisexualidad y, más tarde, ya asumido su lesbianismo. Así, describe con honestidad y valentía la circunstancia que les permitió a ella y a Claudia, su pareja, tener un hijo mediante el método de inseminación artificial. Es positivamente sorprendente cómo la sociedad mexicana de clase media ha aceptado a su familia sin grandes problemas. Por otro lado, Rebeca Grynspan, la actual directora de la CEPAL en México, nos cuenta una experiencia de vida en la que maternidad y trabajo se entrelazaron con resultados nada satisfactorios. Un caso en el que un trabajo muy demandante y de altísima responsabilidad hacía realmente imposible sentirse tranquila respecto al bienestar de los hijos (muy pequeños) y cómo este malestar la llevó finalmente a renunciar. Sin embargo, Grynspan había aceptado porque quería demostrar que las mujeres eran capaces de hacer todo lo que se proponían.

En “argüende” también Jesusa Rodríguez aprovecha de alabar, muy en su estilo, a su santa madrecita, la verdadera Doña Jesu. La canción de Liliana es un himno a las trabajadoras sexuales independientes y sus procesos de organización para la defensa de sus derechos.

Fuera del tema de la maternidad y dentro de las reflexiones que los sucesos contemporáneos suscitan acerca de lo que es el feminismo, Barbara Ehrenreich toca un asunto de penosa actualidad y expresa lo que muchas de nosotras sentimos ante las fotografías de los abusos cometidos por mujeres soldados estadounidenses contra presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. Ehrenreich habla honestamente del fin de la “ingenuidad feminista” que seguía sosteniendo que, aunque las mujeres no fueran siempre menos agresivas que los hombres, por lo menos no eran capaces de cometer atropellos humillantes como los cometidos en situaciones de guerra. “No basta”, termina afirmando, “con ser iguales a los hombres cuando los hombres actúan como bestias”.

Las reseñas de este número incluyen la lectura que hace Rosalva Aída Hernández sobre el libro de Rosío Cordova: Los peligros del cuerpo, acerca de la sexualidad vista por un grupo de mujeres campesinas de Veracruz. Dora Cardaci presenta el libro de Ángeles Sánchez Bringas, Mujeres, maternidad y cambio, en consonancia con el tema central de este número. Y Nora Pasternac nos habla sobre Nicole Brossard, magnífica escritora quebequense, y su novela Ayer, espléndidamente traducida por Mónica Mansour, quien entre otras muchas cosas se encarga de la sección de poesía de DEBATE, que en este número no pudo aparecer.

En este número de aniversario —¡¡¡cumplimos quince años!!!— incluimos un pequeño homenaje a quien ha sido el fiel creador de nuestra imagen: Carlos Aguirre. La crítica de arte Ana Elena Mallet nos ofrece un breve acercamiento a su trabajo. Aguirre, un destacado artista visual, ha hecho todas las portadas de debate feminista, con una generosidad que sólo es sobrepasada por su talento. Es para nosotras un gusto y un honor que siga acompañándonos después de tantos años. Aunque las pocas fotografías que conseguimos de sus instalaciones no reflejan el rango de su arte, sí dan cierta idea de su trabajo.

Decidimos que nuestros quince años son un buen momento para crear y dejar constancia gráfica de las mujeres que forman el equipo que hace debate, algunas de las cuales comenzaron en 1990 y siguen colaborando en 2004. Lorena Alcaraz y Lucero González tomaron las fotos que presentamos en esta entrega durante una sesión en un jardín de San Ángel, un sábado a las nueve de la mañana. Sesión muy divertida, a pesar de que ninguna de las integrantes del equipo, ni del comité editorial ni del consejo consultivo que llegaron, quisieron posar para la foto colectiva sin ropa y, además, se olvidaron de los disfraces con que íbamos hacer otra foto más para la posteridad.

Queremos aprovechar esta fecha significativa para hacer una revisión a fondo del proyecto editorial de la revista. Tenemos planeado realizar una serie de consultas con algunas personas con quienes mantenemos contacto personal, pero nos interesa mucho escuchar la opinión de las lectoras y los lectores a quienes no conocemos. Ojalá se decidan a enviarnos un correo electrónico o una carta, señalándonos qué les gusta y qué les disgusta de DEBATE; qué cambiarían, qué conservarían. Quisiéramos que nos hablaran de cualquier aspecto que les interese: desde el formato hasta la temática, pasando por la periodicidad y las formas de distribución. Queremos empezar renovadas el año que entra, y sabemos que las opiniones de nuestras lectoras y lectores pueden ayudarnos a hacerlo mejor.

ML

1 El infanticidio es una práctica presente en casi todas las culturas. La razón prioritaria suele ser el poco espaciamiento con el hijo anterior, razones económicas o que la mujer no tenga leche. Devereux revisa todas las culturas y consigna que los casos más aceptados de infanticidio se dan en las sociedades de Melanesia y Polinesia. Las formas tradicionales de infanticidio ocurren en la mayoría de los casos inmediatamente que la criatura nace. También Devereux consigna un trabajo de Lumholtz sobre México, donde se refiere que los tarahumaras en “raras ocasiones, justo después del parto, se sientan en el neonato para evitar el problema de la crianza” (Devereux, A Study in Abortion in Primitive Societies).

Comité Editorial

MARTA ACEVEDO
MARISA BELAUSTEGUIGOITIA
GABRIELA CANO
DORA CARDACI
MARY GOLDSMITH
LUCERO GONZÁLEZ
MARTA LAMAS
SANDRA LORENZANO
MARÍA CONSUELO MEJÍA
ARACELI MINGO
HORTENSIA MORENO
CECILIA OLIVARES
MABEL PICCINI
MARÍA TERESA PRIEGO
RAQUEL SERUR
ESTELA SUÁREZ
MARÍA LUISA TARRÉS