Las raras

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Varios
abril 2004

Editorial

Desde tiempos remotos, el mundo occidental ha atestiguado un fenómeno paradójico para la vida de las mujeres: por un lado, se consagra la maternidad no como el más alto o importante o definitorio estatus a que una mujer puede acceder, sino como el único que le permite realizar su verdadera feminidad; por el otro lado, se condena a una buena parte de la población femenina a permanecer al margen de ese estatus. Según Cécile Dauphin,1 “en la historia occidental, raramente la tasa de celibato femenino definitivo (la proporción de mujeres que mueren solteras a los cincuenta años o más) es inferior al 10 por 100”. Las causas de esta soltería son, principalmente, de orden demográfico, y tienen que ver con el desequilibrio entre las poblaciones femenina y masculina —agravado en épocas de guerra, aunque siempre presente. Pero existen otras razones que obstaculizan la universalidad del matrimonio; Dauphin menciona, entre otras, la migración del campo a la ciudad y ciertas estrategias familiares para impedir la fragmentación de la propiedad. Como la moral convencional asocia la maternidad con el matrimonio, si una mujer no se casa, tiene también prohibido convertirse en madre. De modo que la soltería conlleva el celibato —por lo menos como prescripción— y en los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, el estatus de las solteronas no es sólo una imposición de la (mala) suerte, sino que reduce a muchas mujeres a la condición de parias.

Parias son también las mujeres que, a pesar de ver cumplida su aspiración al matrimonio —nuestra única carrera legítima hasta hace muy poco tiempo—, padecen esterilidad. La lógica es la misma: la maternidad es la única puerta de acceso a una vida femenina “normal”, aunque fue seguramente durante los siglos XIX y XX cuando el estatus maternal se elevó a los frenéticos niveles de mitificación con que lo conocimos nosotras (ya Elisabeth Badinter puso en perspectiva el amor maternal) y a partir de los cuales todavía resulta casi inconcebible para mucha gente que una mujer en su sano juicio decida no tener hijos.

Desde la perspectiva de las mujeres no madres de antes, las que no podían tener hijos, las estériles, Raquel Serur explora en este número la situación de Yerma, protagonista del texto trágico poético de García Lorca, del mismo nombre, penetrando, en los laberintos del deseo sexual y amoroso de una mujer que siente que lo único que necesita para ser feliz es un hijo.

Sin embargo, desde tiempos remotos ha existido también la posibilidad de algunas mujeres de marginarse voluntariamente del mercado matrimonial y dedicarse a actividades distintas de la maternidad.

Dos ejemplos relevantes son el de la vida monacal en el catolicismo y el de algunas sufragistas (encabezadas por Christabell Pankhurst) que consideraron la época poco propicia para tener hijos. Por supuesto, estas opciones de vida exigían e implicaban el celibato.

La aparición de los métodos anticonceptivos modernos abrió la posibilidad histórica no sólo de regular la fertilidad —es decir, de elegir el momento preciso para el embarazo—, sino de suprimirla deliberadamente, de manera que en las últimas décadas las mujeres han visto modificada y resignificada la función reproductiva. Antes de 1960, las madres se veían obligadas a dedicar la mayor parte de sus vidas a los embarazos, los partos y la crianza de la humanidad. A partir de esa fecha, muchas mujeres pueden decidir dedicarse también a otras cosas.

Pero tal circunstancia ha permitido la aparición de una experiencia hasta ahora inédita: la de que algunas mujeres se abstengan de manera absoluta a la maternidad. Su principal diferencia con las solteras de otros tiempos reside en dos detalles principales: por un lado, han elegido no ser madres —y no es que se hayan visto obligadas a renunciar a la maternidad por motivos ajenos a su voluntad— y por el otro, se han negado a renunciar a su sexualidad.

En este número de DEBATE FEMINISTA hemos querido introducir esta experiencia desde la mirada de un pequeño grupo más o menos heterogéneo de mujeres cercanas a la revista —algunas muy jóvenes— que integraron sus testimonios, opiniones e incertidumbres en un foro cibernético, es decir, en una lista de correo electrónico que durante algunos meses les permitió intercambiar los mensajes que ahora reproducimos.

Lo que más nos llama la atención es la diversidad de posturas —desde quienes simplemente nunca sintieron “el deseo” de ser madres hasta quienes no encontraron la oportunidad—, la ausencia de modelos y la sensación de cumplimiento en papeles diversos. Complementamos esta sección con dos traducciones en que se documenta el mismo tema desde la subjetividad un poco quejosa de Carolyn Morell y desde una revisión bibliográfica de la segunda ola del feminismo que, según Ann Snitow, primero reivindicó esta opción y después la satanizó.

La soltería femenina ha tenido varias maneras de reivindicarse. En esta entrega reproducimos dos textos acerca del magisterio femenino.

Uno de ellos, el de Licia Fiol-Matta, examina la ambigua figura de Gabriela Mistral desde la perspectiva queer;* el segundo recoge —Desde otro lugar— un nostálgico y humorístico homenaje de Richard Selzer para sus maestras irlandesas en las escuelas pobres y urbanas del este de Estados Unidos.

El artículo de Fiol-Matta forma parte de una sección —Desde lo queer— que se nos va volviendo recurrente. Queremos subrayar la importancia que ha ido adquiriendo en los últimos años la investigación queer; no se trata tan sólo de una perspectiva diferente para comprender las diversas sexualidades del mundo posmoderno, sino además, de un posicionamiento que permite interpretar las manifestaciones de la cultura desde una mirada lúcida, crítica y libertaria. En este número, contamos con una pormenorizada presentación de Gabriela Cano; un texto donde Cristina Rivera-Garza desafía las fronteras entre los géneros literarios y exhibe su fascinante habilidad escritural; una lectura de Robert McKee Irwin sobre un breve relato de Heriberto Frías —reproducido en nuestra sección Memoria— que atisba la incipiente visibilidad del lesbianismo en México; un ensayo de Adriana Novoa y Mónica Szurmuk en el que se asoman a La nave de los locos de Cristina Peri Rossi en la búsqueda de claves para oponerse al autoritarismo; una reflexión de Lawrence La Fountain-Stokes en la que enlaza el sexilio —es decir, la necesidad de abandonar el suelo patrio para vivir con relativa libertad una orientación sexual no heterosexual— a ciertas manifestaciones de la cultura queer puertorriqueña en Nueva York; y un magnífico alegato de María Mercedes Gómez acerca de los crímenes de odio perpetrados contra las personas queer, donde expone la necesaria distinción entre la violencia jerarquizante (la que se ejerce en contra de las mujeres y las minorías raciales) y la violencia excluyente (la que se ejerce en contra de las minorías sexuales). Por su lado, Carlos Monsiváis hace un análisis sobre lo gay, lo queer y la diversidad, que sitúa el debate y ofrece, como siempre, filosas claves interpretativas.

Publicamos también —Desde la duda— un inquietante autoexamen de Pilar Rius donde se propone imposibles alternativas a una maternidad ya ejercida. Por otra parte, recuperamos el tema de la Dama de las Camelias como hija que sacrifica su amor (el hombre que amaba y el amor por sí misma) y ofrece su vida, de manera laberíntica, para rescatar/recuperar a su padre, en la sección "Desde el diván" por Marta Gerez Ambertín.

Esta vez contamos con la mirada de dos fotógrafas que nos presentan sendos relatos basados en sus historias familiares y en los que se combinan la palabra y la imagen: Maru de la Garza y Ana Casas Broda.

El relato analizado por McKee Irwin, “Las inseparables” de Heriberto Frías, publicado por primera vez en 1915, se reproduce en "Memoria", para hacer las delicias de nuestros lectores.

Los argumentos esgrimidos tanto por hombres como por mujeres, en las primeras décadas del siglo XX en Argentina, con el fin de que se concediera el sufragio a las mujeres son el tema del artículo de Dora Barrancos, en "Desde los derechos".

Las obras de las cuatro escritoras reseñadas en Lecturas tienen en común el rescate de la memoria: Marisa Belausteguigoitia escribe sobre Las yeguas finas de Guadalupe Loaeza a partir de la postura de la autora como traductora y traidora. Carmen Ramos Escandón presenta el libro de Mónica Echeverría y Carmen Castillo, Santiago-París, el vuelo de la memoria: historia personal e historia de Chile en el siglo XX. Lucía Melgar Palacios presenta su lectura de las Memorias de Helena Paz Garro.

En Argüende, Jesusa y Liliana hacen su esperada entrega semestral. En esta ocasión se trata de una pastorela, género tradicional que se representa en diciembre y que llega a nuestras lectoras y lectores en abril. Esta vez acompañan al texto teatral dos colaboraciones involuntarias, una de Augusto Monterroso y otra de James Petras.

Por su lado, Liliana Felipe nos regala una de las canciones que compone con tanto talento: “Los Paraísos” ¡A disfrutar!

HM

1 Véase su ensayo “Mujeres solas” en Geneviève Fraisse y Michelle Perrot (comps.), El siglo XIX/Actividades y reivindicaciones/Cuerpo, trabajo y modernidad, en Georges Duby y Michelle Perrot (dirs.), Historia de las mujeres, tomo 8, Taurus, Madrid, 1993, pp. 131-147.

* En vista de la aceptación y el uso extenso que ha adquirido la palabra “queer”, hemos decidido en esta entrega evitar las cursivas y dejarla que se integre (de manera ciertamente queer) a nuestro léxico escrito.

Comité Editorial

Marta Acevedo
Enid Álvarez
Marisa Belausteguigoitia
Gabriela Cano
Dora Cardaci
Mary Goldsmith
Lucero González
Marta Lamas
Sandra Lorenzano
María Consuelo Mejía
Araceli Mingo
Hortensia Moreno
Cecilia Olivares
Mabel Piccini
María Teresa Priego
Raquel Serur
Estela Suárez
María Luisa Tarrés