La derecha y los derechos

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Varios
abril 2003

Editorial

Aunque la vieja idea marxista de que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante parece arrumbada en el desván de los trastos inútiles, sigue siendo vigente. La existencia de ese conjunto de representaciones e interpretaciones que aún podemos identificar precisamente como una “ideología de la clase dominante” sigue teniendo expresión en esa entidad que denominamos “la derecha”, sobre todo cuando pretende legitimar el poder desde el discurso. Las clases sociales que tienen la capacidad de acumular el mayor volumen de capital económico pretenden también monopolizar otras especies de capital: simbólico, jurídico y hasta lingüístico.

De todos esos tipos, seguramente el que tiene mayor relevancia en la discusión pública del momento actual es el capital simbólico en el sentido que le da Pierre Bourdieu de “reconocimiento, institucionalizado o no, que obtiene un grupo” para imponer un discurso que se lee como un lenguaje legítimo y que “encierra la pretensión de ser escuchado, e incluso creído y obedecido”.1

De manera más o menos convencional, en México el discurso de la derecha se ha construido alrededor de la defensa del statu quo desde un conjunto de ideas que hace tiempo dejaron de tener validez universal. La defensa de las libertades individuales, los derechos humanos y los derechos civiles ha permitido contrastar y cuestionar las posiciones que se reivindican por el poder y desde el poder con la introducción de otros discursos y otras lógicas. La influencia de dichas posiciones ha sido, y continúa siendo, tan potente que las ha obligado a disimular; así, las posiciones más abiertamente reaccionarias han intentado introducir elementos democráticos y liberales en su discurso durante el último cuarto del siglo XX.

Esto no quiere decir que el racismo, el sexismo y el clasismo del discurso de la derecha hayan desaparecido; pero se han tratado de disfrazar detrás de parapetos de relativa rectitud política. Sin embargo, existe un ámbito donde la disimulación no ha sido muy eficaz, pues la intransigencia es tal que la voz de la derecha se muestra sin pudor ni eufemismos: se trata de la discusión acerca de los derechos sexuales y reproductivos. Aquí seguimos confrontando una actitud de franca intolerancia. Si la derecha ha sido capaz de reconocer —cuando menos en el discurso— los ideales de libertad, igualdad y derecho a la privacidad cuando se refieren a otros espacios de la vida social, en el tema de la sexualidad sigue instalada en posiciones prácticamente medievales.

Desde luego, el alcance de su poder simbólico se ve seriamente disminuido por la modernización, la globalidad, los procesos de democratización y la práctica individual y colectiva de las libertades de expresión y pensamiento; el discurso de la derecha ya no es ni hegemónico ni monolítico y tiene que coexistir y competir con propuestas libertarias e igualitarias que tienen presencia en muy diversos puntos del ámbito público.

Lo cual no debería preocuparnos si esa coexistencia y esa competencia se dieran en un plano de igualdad, pues una perspectiva libertaria tiene que reconocer y respetar la diferencia de pensamiento como principio de su propia posibilidad; es decir, si una persona individual abraza y acata el pensamiento de la derecha, asume sus preceptos con plena convicción y aplica un rígido código de conducta sexual a todas sus elecciones y preferencias, el feminismo no tiene nada que objetar. Pero si ese discurso pretende ser elevado a la categoría de verdad absoluta y —peor aún— pretende imponerse a toda la sociedad —mediante todos los mecanismos de poder de que esa clase dispone— como la única forma posible de vivir, estamos ante un peligro inminente por cuanto conlleva de amenaza a nuestras libertades.

En México —como lo reseña rápidamente el artículo de Carlos Monsiváis que abre este número— el discurso de la derecha está muy lejos de constituir tan sólo una visión del mundo entre otras; desde muy diversos frentes y con muy diversas argucias —que van desde la censura hasta la persecución policÍaca, pasando por el chantaje de los anunciantes a los medios masivos de comunicación, la ridiculización, los chismes y las habladurías— ha pretendido, en diferentes épocas y ante distintos problemas, reprimir, contener y controlar la “selvática” sexualidad de los actores sociales a los que considera incapaces de ser agentes morales: mujeres, clases trabajadoras; infantes, adolescentes y jóvenes, minorías sexuales y etnias “otras”.

Se trata de esos grupos a los que reduce a una minoría de edad eterna, a quienes cree necesario escogerles las películas, racionarles la información, prohibirles las prácticas “antinaturales”, negarles el derecho de elegir; y si persisten en su mala conducta a pesar de la ardua labor de convencimiento que se ejerce desde el púlpito y la cátedra, desde el panfleto y la hoja parroquial, desde la prensa, la radio y la tele, entonces hay que vigilarlos, perseguirlos, juzgarlos, encerrarlos, curarlos; y si ni con esas contienen su sexualidad desbordada, entonces hay que estigmatizarlos y excluirlos, aplicarles todo el peso de la ley, reducirlos al nivel de parias, castigarlos y condenarlos a las llamas eternas del infierno.

En este número de debate feminista nos propusimos hacer una radiografía de la posición de la derecha respecto de los derechos sexuales y reproductivos; la tarea implica necesariamente una mirada sobre sus portavoces más conspicuos. La necesidad de analizar, comprender y discutir el discurso de la derecha se ha vuelto un imperativo político que en esta entrega desarrollan Jean Franco, María Consuelo Mejía y Catholics for a Free Choice en lúcidas confrontaciones con la institucionalidad de la iglesia católica, encabezada por una jerarquía intransigente y recalcitrante, incapaz de superar en pleno siglo XXI sus extremadas posiciones misóginas, homofóbicas, erotófobas y patriarcales. En esta misma línea, el texto de Fernando M. González nos ofrece una viva descripción de la doble moral característica de las posiciones de derecha, en un análisis del caso Maciel —fundador de los Legionarios de Cristo y abusivo seductor de menores, según las tardías denuncias de sus propios pupilos—; esta aportación encuentra resonancia en la reseña de María Luisa Tarrés sobre el libro La prodigiosa aventura de los Legionarios de Cristo, donde se recoge la historia de esa influyente asociación, que se originó en México y extendió sus raíces hacia el propio Vaticano.

Hortensia Moreno lleva a cabo una lectura de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, y Jenaro Villamil incursiona en la abstinencia como proyecto de vida para las y los jóvenes, de acuerdo con el programa auspiciado por George Bush en Estados Unidos (muy similar al que quiso encabezar la hija del presidente, Ana Cristina Fox, en México).

El influjo de la derecha se vuelve especialmente preocupante cuando ocupa posiciones de poder que le permiten elevar su ideología a la categoría de leyes y de políticas públicas; los artículos de Marta Lamas y Norma Ubaldi Garcete proporcionan una visión amplia sobre la ardua disputa del aborto en México. Resulta un interesante complemento el análisis de Alejandra Oberti y July Cháneton sobre la historia de una mujer que solicita en Argentina la interrupción de su embarazo porque su producto habría de morir irremediablemente en el momento del parto. Lo mismo ocurre con el relato de Zöe Wicomb quien, "desde la literatura", hace un sobrecogedor relato de clandestinidad del aborto con tintes de racismo en Sudáfrica. Por su parte, Beatriz Urías Horcasitas nos brinda una perspectiva histórica del mismo tema que, en las primeras décadas del siglo pasado, se debatió en nuestro país en el contexto todavía decimonónico —también racista y clasista— de la propuesta eugenésica.

En nuestra sección “desde la crítica”, Enid Álvarez realiza una aproximación a la inteligencia perversa de Margo Glantz en su novela Apariciones; mientras que Sandra Lorenzano en “desde la cultura” reflexiona sobre la fábula de Santa de Federico Gamboa y disecta la distinción que reduce a las mujeres a dos únicos papeles en el ámbito moral: o putas o santas. “Desde el movimiento” reproduce la participación de Lucy Garrido en el Seminario sobre Feminismos Latinoamericanos convocado en 2002 por el PUEG de la UNAM. La Chorcha Chillys Willys explica el papel de las mujeres en el grafiti, ese ubicuo fenómeno de la vida urbana que llena las paredes de signos de identidad; y Maricruz Castro Ricalde revisa los modelos de representación del cuerpo femenino en el cine de María Novaro. Por su parte, Fernando Escalante ofrece un testimonio que deja ver cómo el conservadurismo hace uso del miedo, la ignorancia e incluso la inocencia infantil para imponer su “verdad”.

En la sección de “lecturas”, Carlos Monsiváis reseña Huesos en el desierto y hace suyo el llamado de Sergio González Rodríguez a la sociedad para que reivindique a las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez; Adriana González Mateos realiza una lectura de La cresta de Ilión, novela de Cristina Rivera Garza. Y Ana Lidia García sintetiza el dossier sobre género y cultura aparecido en la revista Signos históricos de la UAM-I.

“Argüende” nos ofrece una “Pastorela extraterrestre” de Jesusa Rodríguez y colaboradores, en donde se retoma de manera jocosa e irreverente lo analizado en nuestra sección sobre la derecha, El Vaticano y los derechos sexuales y reproductivos. Finalizamos coreando con Liliana “No va a alcanzar la leña”.

HM

1 Pierre Bourdieu, ¿Qué significa hablar? / Economía de los intercambios lingüísticos, Akal Ediciones, Madrid, 2a. ed., 1999, p. 46.

Comité Editorial

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Raquel Serur
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