Fronteras, intersticios y umbrales

Fronteras, intersticios y umbrales Book Cover Fronteras, intersticios y umbrales
Varios
abril 2006

Editorial

Decir frontera es, en un primer momento, evocar espacios geográficos cruzados por ríos o montañas, o confinados por vallas, barreras, muros, marcas que, por razones históricas y políticas o decisiones arbitrarias, señalan o constituyen una delimitación entre un país y otro, un mundo y otro, una cultura y otra. Oficialmente, la línea indica separación y ésta supone diferencia.

El río o valla entonces no son meros accidentes del paisaje, sino un obstáculo que cruzar. A lo largo de la historia, las fronteras geográficas, nacionales o regionales, han sido cruzadas, transgredidas, saltadas, pero también definidas y redefinidas, remarcadas y reforzadas, imaginadas y reinventadas. Las poblaciones fronterizas se han encontrado de pronto con trazos, divisiones que antes no existían: en el norte de México cuando éste perdió la mitad de su territorio; en el sur cuando Chiapas se separó de México y luego se reintegró a éste.

Hoy, no obstante el discurso triunfal u optimista de la globalización, las fronteras siguen marcando separaciones a veces feroces, tajantes y, con excepciones, conflictivas. Baste pensar en nuestras fronteras norte y sur, peligrosos cruces para inmigrantes indocumentados que van en busca del sueño americano, o en la frontera extrapeninsular de España con Marruecos, o en el brutal e invasivo muro que separa a Israel de Palestina. Las fronteras geográficas en este sentido son, como escribiera Carlos Fuentes, una cicatriz o, en palabras de Gloria Anzaldúa, una herida abierta; en nuestros días, herida purulenta y sangrante las más de las veces.

Muros, vallas y brechas son más que obstáculos físicos que delinean divisiones geográficas y geopolíticas. Los límites entre nosotros y los otros son sobre todo construcciones culturales y jurídicas reforzadas por discursos y leyes de exclusión y, cada vez más en el norte de México y otras zonas, por la acumulación de signos represivos: soldados, policías y perros, avionetas, armas y alta tecnología. De cristal, de metal, materializadas en burócratas o agentes del orden, las fronteras separan mundos a veces muy distintos, como México y Estados Unidos, realidades económicas, sociales y culturales contrastantes. Desde el punto de vista del poderoso, la colindancia no significa buena vecindad ni coexistencia pacífica. Si ya antes nuestra frontera con Estados Unidos era conflictiva, el 11 de septiembre de 2001 parece haber dado al gobierno de Bush el mejor pretexto para asegurarse de que los bárbaros se queden en su casa. Al discurso del destino manifiesto que en el siglo XIX justificara la expansión continua de las fronteras estadounidenses a costa de los límites y voluntades ajenos, sigue en el siglo XXI el discurso de la autoprotección y del miedo que impulsa a ver en todo extranjero que busque ingresar a la autonombrada América un criminal en potencia. El muro que se pretende extender a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos es una barrera más contra las personas potencialmente indeseables, no la única: el racismo, la discriminación y el nacionalismo obtuso son otras vallas que, desde dentro, se alzan todos los días contra los inmigrantes, en particular si no son de origen europeo. En nuestra frontera sur no hay muro, sino río, pero eso no impide que, para muchos, México sea una frontera vertical o un territorio cruzado de fronteras invisibles, como el racismo, también existente, la arbitrariedad policiaca y las violaciones a los derechos humanos. Lo mismo que los gringos con los paisanos, los mexicanos marcan su territorio y se distinguen de los centroamericanos y otros extranjeros de segunda.

Las fronteras, sin embargo, son porosas, atravesables, cruzables; ninguna es infranqueable. Ríos, estrechos, garitas, muros se atraviesan, saltan, evitan, material y simbólicamente, todos los días. La cultura y la convivencia social no tienen la dura configuración de la materia geopolítica o militar.

La gente de la frontera puede pertenecer a un país determinado, pero tener más en común con quienes viven del otro lado, al lado, que con sus connacionales a quinientos o mil kilómetros de distancia. Como se ha empezado a decir respecto de nuestra frontera norte, quizá allí se esté definiendo un tercer país. No una tierra de nadie, aunque a veces lo parezca, sino una tierra en proceso de redefinición y reimaginación, caracterizada por el cruce, el intercambio, el bilingüismo, la hibridación y transculturación —curiosamente semejante a algunas zonas al interior de Estados Unidos— y marcada también por la brecha entre economías dispares, códigos de conducta distintos, por incomprensión, abuso, violencia e ilegalidad. Pensemos en San Diego y Tijuana o en El Paso y Ciudad Juárez, pero también en el Upper West Side y el East Side o el Bronx en Nueva York o en los barrios latinos de Chicago o Los Ángeles.

Las fronteras no se trazan sólo en mapas civiles o militares, existen también en el ámbito inmaterial —o menos visible— de la vida social y cultural de un mismo país y del mundo, así como en un ámbito más difícil de aprehender visualmente, como el pensamiento. En nuestras ciudades, por ejemplo, vemos día a día la expansión de la frontera urbana que va absorbiendo y transformando bosques y campos, y observamos también la movilidad de los linderos rurales que se van diluyendo y expulsan hacia la capital nacional o estatal a sus habitantes. Los contrastes entre riqueza y pobreza en una ciudad como México, asimismo, hacen pensar en muros invisibles y móviles a la vez: los ricos no entran a los barrios pobres por miedo, los pobres sólo pueden entrar a ciertas zonas; cuando incursionan en otras, alguna prohibición muda los detiene en el umbral. En términos conceptuales, las fronteras tienden a imaginarse como líneas en expansión. El arte, la ciencia, la imaginación en general, han ido ampliando los límites de lo creíble, pensable, imaginable o concebible. Si bien en el pensamiento y en la acción hay límites que podemos considerar necesarios, como el sentido de responsabilidad o la ética —lo que distingue el bien del mal—, cabe distinguir este tipo de restricciones, relativas a la posibilidad de convivencia y al respeto hacia el otro, de aquellas que se imponen para preservar una idea preconcebida del mundo o el poder de unos cuantos. A lo largo de la historia, por ejemplo, fuerzas tradicionales han intentado reforzar o restablecer los muros, los no más allá: si antes la iglesia católica se contrapuso al avance de la ciencia, por ejemplo, hoy ciertas voces eclesiásticas pretenden limitar la libertad de decisión respecto a la maternidad o la preferencia sexual. El discurso neoliberal, a su vez, de dientes para afuera favorece la libertad y en los hechos impone un pensamiento limitado, acotado por consideraciones económicas, pragmáticas, que se plantean como realistas, pero son clasistas e ideológicas. La utopía, la capacidad de imaginar, más que un no lugar, un mundo distinto, está fuera de moda. Sin embargo, la expansión de la imaginación en la ciencia, en el arte, en la convivencia social y en la mirada hacia nuestro entorno y los otros —los demás— es lo que nos puede permitir derribar o cruzar muros y entablar relaciones sociales, personales, económicas y culturales distintas. Por su permeabilidad y su rugosidad, por la posibilidad de cruzarla e incluso modificarla, la frontera es una rica metáfora de las separaciones, dicotomías, brechas, visibles e invisibles, que pautan nuestra vida social, política y cultural. Fuera del ámbito geopolítico, la frontera es también metáfora de un desafío: intentar cruzarla implica o simboliza un conocimiento por aprehender, un nuevo mundo que imaginar, otra experiencia u otra vida posible.

FRONTERAS, INTERSTICIOS Y UMBRALES es una invitación al cruce, al pasaje, al tránsito. Cada invitación, cada propuesta de cruce, lleva consigo un reto. Cruzar significa transitar de un terreno a otro, de un sentido a otro, de una sensibilidad a otra, de una identidad a otra. Este número propone tránsitos en tres direcciones: 1) hacia la ubicación de experiencias y saberes, sus límites, puentes, zonas de superposición y entrecruzamiento, en una palabra, hacia el cruce de fronteras de vida social, personal y cultural, y del conocimiento entre disciplinas; 2) hacia la exploración de lo que son los territorios geográficos, culturales, conceptuales y personales, sus confines infinitos y sus accesos primarios, es decir, el pasaje por los umbrales que marcan entradas y salidas, y 3) hacia los límites y entrecruzamientos de territorios corporales, psíquicos y culturales, los intersticios entre cuerpo y alma, psique y materia, lenguaje y representación.

El reto que proponemos consiste no sólo en el andar y el transitar, sino en vislumbrar que no hay verdadero cruce si no se ha develado algún secreto, si no se ha revelado algo oculto o, viceversa, si no se ha protegido un silencio u ocultado un saber. La mujer que describe cómo y por qué, sin valer menos, su trabajo se paga menos que el de un hombre, cruza la frontera cuando lo entiende y, también, cuando lo calla. El hombre que se descubre homosexual cruza la frontera cuando sale del clóset, pero cruza otras cuando decide no salir. Cada cruce implica la develación de un secreto o la instauración de un silencio. No hay cruce sin la emergencia de algo que, en un sentido lateral (que no literal), era invisible. Buscamos, entonces, una suerte de bi-lateralidad, de dobles, triples, múltiples posicionamientos que obliguen a marcar en los relatos los silencios, sus cruces a un no caber en las voces y a descifrar en los silencios, los relatos.

Presentamos escenarios de migraciones y desplazamientos que implican muchas formas de narración bicultural y otras tantas imposibles de traducir: de las sexualidades que conllevan tránsitos en los cuerpos, que las palabras apenas pueden sugerir; de vidas, muertes y suicidios; de guerras en cuerpo y lengua, geográficas y culturales, que trabajan propositivamente las fronteras entre lo decible y lo indecible. ¿Qué quiere decir trabajar la frontera?, ¿qué se devela cuando se busca visibilizar un límite?, ¿qué accesos se abren en los umbrales? ¿qué tipo de saber emerge al cruzar? ¿Qué tipo de espacio es un intersticio? ¿Alguien ha cruzado acaso para permanecer en el mismo sitio? Tal vez nuestros migrantes que, mojados por el cruce y el sudor, llevan a todo un México en sus espaldas…

Los retos de este número son múltiples, algunos de ellos hasta contradictorios.

Invitamos a nuestras lectoras y lectores a situarse en la frontera, no en el punto medio. La frontera muchas veces es más límite que medio, es más región del exceso que de la contención y el equilibrio. Invitamos, como lo ha hecho tradicionalemente DEBATE FEMINISTA, a pasar de una disciplina a otra y a otra más, de un saber a otro y de una certeza a otra. En una palabra, invitamos al tránsito intersticial entre campos delimitados y a la vez fluidos. Invitamos al cruce en relación con la sexualidad, el pecado, el vicio y la virtud, al tránsito visual, espacial y temporal. Invitamos a la habitación del espacio desde sus zonas más frágiles y vulnerables, las fronteras.

Los artículos de este número se traducen en una propuesta de consideración del espacio definida más por lo que lo habita que por lo que lo abarca, un espacio delimitado más por los sentidos que se producen en él, que por los centímetros, metros o kilométros que lo configuran. Proponemos que la literatura, la cultura, la memoria, la herida, como una forma del límite, compitan en determinación con los espacios geográficos. Queremos ofrecer una manera distinta de ubicarse y ubicar problemas actuales en el espacio y el tiempo: desde los excesos, desde un tipo de acumulación que sólo se da en los límites y en los tránsitos de un terreno a otro. Todo límite, toda frontera anuncia y conlleva una suerte de condensación, de exceso, de posibilidad de des-borde. Nuestros artículos anuncian desbordes de una disciplina a otra, de un género a otro (en su acepción de hombre y mujer, de hetero y homo, pero también de lo lírico a lo dramático, de lo disciplinario a lo transdisciplinario, de lo monocultural a lo intercultural, de lo sexualmente determinado a lo indecible de la sexualidad, a lo transexual).

Uno de los objetivos de este número es lograr la visualización de nuevos parámetros de organización del espacio nacional, regional, territorial y desterritorializado, producto del desplazamiento geométrico de personas, objetos e ideas. Nuestra propuesta de reconfiguración del espacio tiene como objetivo analizar los efectos de contactos y desplazamientos como operaciones que cruzan no sólo territorios, regiones y continentes, sino fronteras de la memoria, del deseo, del imaginario y de la identidad.

En su conjunto, los ensayos reunidos en este número destacan, más que el desplazamiento, la función del cruce y del contacto entre sujetos, memorias, promesas y pérdidas; en una palabra, la generación de múltiples zonas de contacto que reconfiguran las identidades y sus espacios. Estos cruces territoriales de regiones geográficas, pero también desterritorializadas,1 de la memoria y del deseo dan cabida a narrativas y formas de representación de ciudadanía, comunidad y subjetividad que plantean formas alternativas de concebir el espacio y la identidad.

Estos desplazamientos y contactos han generado una gran cantidad de cambios, tanto en la forma de entender las organizaciones nacionales y transnacionales, en la manera en que se conforman los enclaves migratorios, como en las representaciones culturales que de ellas resultan. Una de las consecuencias más importantes de estos cambios ha sido la transformación conceptual del la noción de espacio local, global y nacional, pero también de espacio como una noción desterritorializada.

En su estudio sobre espacio y género, Doreen Massey2 analiza las consideraciones de género como factor explicativo y demuestra cómo la comprensión de lo que sucede en un espacio regional se matiza y profundiza si dentro de las variaciones regionales y geográficas se analizan sus relaciones con la construcción de masculinidades y feminidades. Es imprescindible considerar la enorme energía invertida en la construcción y reparación de la masculinidad y todo el trabajo que se requiere para ello (comida, sustento, cuidado, creación de condiciones para su descanso, en breve, lo que significa la reproducción de la fuerza de trabajo en el ámbito privado).

La investigación fenómeno Cambridge (debate feminista, abril de 1998) refiere el caso de obreros altamente calificados del sector de tecnología de punta. 90% de hombres dedican 100% de su tiempo al trabajo, el cual, por cierto, dicho por ellos mismos, ha borrado su frontera con el juego… ¿y dónde —se pregunta Massey— han quedado el tiempo y espacio para el trabajo doméstico? Estos hombres necesitan de alguien que cuide de ellos, requieren de la construcción de relaciones de género que apoyen y reproduzcan la frontera del trabajo con el juego y la canalización de sus energías a esos territorios lúdicos y laborales.

Por otra parte, los espacios ocupados por mujeres son vigilados por un sistema que reproduce lugares asignados, normalmente pertenecientes a la esfera privada, concebida como espacio o como aquello desprovisto de visibilidad y equidad. Uno de los articuladores más importantes del espacio se da a partir del sistema sexo-género. Los espacios son delimitados por variables económicas, culturales y sexuales que condicionan su ocupación y posesión muchas veces en contra de grupos minoritarios. La condición de marginalidad, no necesariamente numérica sino fundamentalmente cultural, conlleva mayor vulnerabilidad en la permanencia, selección, apropiación y ocupación del espacio.

Los cuerpos de las mujeres, aun con todas las diferencias entre sí, cruzan espacios regidos por códigos morales, culturales y conductuales que las obligan a desarrollar una acentuada sensibilidad al tránsito y al desplazamiento.

Cuando un cuerpo de mujer viaja, se movilizan vidas, lugares simbólicos y procesos cargados de valores, honores truncados o renacidos, promesas, expectativas y (re)formas de organización de la vida familiar que impactan la economía y cotidianidad familiar, comunal y personal.

En nuestra propuesta de reflexión, nos interesaba analizar cómo viven las mujeres y otros sujetos fronterizos de la sexualidad, la cultura y el territorio estos procesos de cruce, expansión y contracción espacial, en particular las maneras en que el desplazamiento y el cruce des/articulan y reconfiguran los roles de poder.

Aunque algunos de los ensayos tratan estos temas, quedan por explorar con mayor profundidad varias preguntas: ¿de qué forma se recompone el imaginario espacial nacional, local, regional, a partir de narrativas que critiquen los espacios territorializados y ofrezcan nuevos paradigmas de posesión, habitación y ocupación del espacio público y privado? ¿Qué tipo de (re)conceptualizaciones sobre la familia, el deseo y la feminidad se construyen desde estas fronteras, en estos umbrales e intersticios? ¿Cómo se recompone una identidad femenina al cruzar fronteras geográficas y culturales?

Y finalmente, ¿cómo influyen estos nuevos paradigmas espaciales tanto en las políticas de equidad como en los imaginarios de los espacios que deben habitar las mujeres?

Las secciones Norte/Sur, Intersticios y entre-cruzamientos analizan las formas en que las mujeres migrantes, indígenas y sujetos fronterizos establecen espacios propios y desmantelan lugares asignados o impropios al cruzar múltiples fronteras y situarse en variados nepantlas (lugar de en medio).

El reto es analizar la apertura de espacios intersticiales, el cruce de fronteras y el acceso por umbrales de saberes y nuevos poderes que se posibilita a raíz de la ruptura de secretos y pactos sociales de exclusión. Estos cruces, accesos y aperturas en el espacio y la identidad pueden producir variantes que, aun imperceptiblemente, transformen la situación de gran desigualdad en cuanto a la ocupación de espacios públicos y privados de mujeres y grupos minoritarios como los indígenas, los migrantes y los así considerados desde la mirada heteronormativa (gays, lesbianas, transexuales, bisexuales.

Norte/Sur, sección que abre este número, explora las zonas fronterizas que delinean, según la mirada tradicional del cartógrafo, los límites del país.

Los textos aquí reunidos muestran por sí mismos que esa visión es parcial: los límites están ya afuera y son indefinibles o borrosos. Ya no se puede hablar de México o Estados Unidos sin tomar en cuenta a los migrantes ni tampoco podemos creer que el sur del Suchiate es ajeno al sureste mexicano. El sur nuestro está atravesado por miserias y violencias similares a las del otro lado y, por más lejano que esté o parezca, se asemeja al norte en sus flujos de inmigrantes, en la lacra de la ilegalidad y también en la complejidad social y en la transculturación, aun cuando en cada polo todos estos fenómenos adquieran matices distintos.

Dentro de estas fronteras nacionales y geográficas, se inscriben desde luego otras como las sexuales, las culturales, las étnicas, las religiosas. Como cuchillas, como rajadas, los límites nacionales marcan un confín y un tránsito, una acumulación de diferencias, de esperanzas, de promesas y de abusos. Queremos visibilizar cómo estos bordes concentran diferentes escenarios de esperanza, transformación, violencia extrema y creatividad creciente

Hemos seleccionado temas que han convulsionado y transformado a la nación, sobre todo durante la década de los noventa, época de grandes cambios tanto en los paradigmas migratorios, en los códigos revolucionarios, como en las relaciones de género y la actitud hacia la violencia de género. La nación se conmovió y se transformó debido a los acontecimientos extremos que se dieron en sus límites norte y sur. Durante esta década en especial, vivimos hechos intensamente significativos, algunos dolorosos y francamente inexplicables como la continua impunidad del feminicidio en Ciudad Juárez; otros sorpresivos, espectaculares y profundamente conmovedores como la rebelión zapatista, otros más que rozan el milagro y lo portentoso como la dedicación de Doña Olga a revivir y alentar a los migrantes indocumentados mutilados al saltar del tren de la muerte que cruza Tapachula. Durante los noventa, se multiplicó el número de migrantes, aumentaron la adopción trasnacional y el tráfico de infantes, se hicieron más visibles los cruces de identidades sexuales y también se incrementaron los abusos hacia los indocumentados, hacia las mujeres que viven en las fronteras y hacia quienes se sitúan fuera de la heteronormatividad.

Norte/Sur analiza cada uno de estos eventos en ensayos que desde distintas perspectivas sacan a la luz la lógica y efectos del neoliberalismo y la globalización, y la violencia que conllevan el odio y la discriminación hacia el otro, ya se trate de mujeres, migrantes o travestis. Debra Castillo muestra cómo la violencia afecta día a día a los travestis de Tijuana, a tal grado que se ha vuelto parte de la normalidad. En su análisis de la novela 2666 de Roberto Bolaño (2004), Cathy Fourez desentraña una geometría del espacio plagado de zonas que se disputan las formas más brutales de violencia hacia el cuerpo de mujeres. Laura Briggs examina las contradicciones inherentes a la adopción transnacional y señala cómo la lógica del neoliberalismo privatiza los derechos de unos y despoja a muchos del derecho a criar a sus hijos. Desde la frontera sur, Christine Kovic y Patty Kelly develan los desmembramientos múltiples que se inscriben en los cuerpos mutilados de los transmigrantes que caen del tren de la muerte, en su búsqueda del sueño americano. Situadas en una de las fronteras interiores de México, Chiapas, Márgara Millán y Marisa Belausteguigoitia analizan las relaciones entre nación e identidad, entre género y política y trazan algunas de las fronteras que las mujeres zapatistas han cruzado desde 1994, así como los efectos de visibilidad y ruptura del silencio que su contradiscurso y sus acciones han provocado. En un collage que intenta unir, así sea fragmentariamente, las historias y discursos desde norte y sur, Lucía Melgar propone una lectura conjunta de voces dispersas.

Desde la mirada, Almudena Ortiz nos deja entrever escenas del mundo de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, por un lado, así como las fronteras simbólicas y físicas que imagina y recrea en sus fotografías de cuerpos de mujeres, por otro lado.

Los efectos de contactos y desplazamientos no implican sólo cruces de territorios, regiones y continentes. Se cruzan también fronteras de la memoria, del deseo, del imaginario y de la identidad. Más que el desplazamiento, el viaje, el cruce, conlleva nuevos, distintos contactos entre sujetos, memorias, promesas y pérdidas; en una palabra, la generación de múltiples zonas de contacto que reconfiguran identidades. Estos cruces territoriales de regiones geográficas, pero también de zonas desterritorializadas de la memoria y del deseo, dan cabida a narrativas y formas de representación de nación, comunidad e identidad que plantean formas alternativas de concebir el espacio y la identidad. Estos desplazamientos y contactos han generado una gran cantidad de cambios tanto en la forma en la que se entienden las organizaciones nacionales y transnacionales, en la manera en que se conforman los enclaves migratorios, como en las representaciones culturales que son su efecto.

En la porosidad de las fronteras, en sus fisuras, surgen instersticios en los que a veces puede percibirse con mayor claridad la intensidad de los cambios y la complejidad de los entrecruzamientos. Estos espacios intersticiales no se dan solos. Se conforman en el cruce de fronteras geográficas, sociales y políticas, en el entrecruzamiento de zonas lingüísticas, identidades nacionales, sexuales y de género, en el tejido de hilos discursivos, performativos, culturales que constituye una obra de arte.

Como demuestra Lawrence La Fountain-Stokes en su estudio sobre lo queer y el espanglish, el lenguaje puede ser uno de los elementos socioculturales que definen y consolidan la identidad y tradición de una comunidad, pero no es puro. Además de poner en cuestión los criterios de pureza e impureza, lo queer, tanto en la sexualidad como en el uso del idioma, cuestiona los parámetros establecidos de lo que debe ser la sexualidad o la lengua. Por su parte, desde los intersticios que crea y explora el arte, Antonio Prieto analiza dos de los performances más importantes de Yareli Arizmendi y Mirna Manrique. En Nostalgia maldita y Miscellaneous, se entremezclan idiomas e identidades nacionales y se desestabilizan los límites que supuestamente los definen

La multiplicación y superposición de cruces y desplazamientos a través de territorios geográficos, simbólicos, culturales y sociales, ya sugeridas en Norte/Sur e Intersticios, son centrales en los Entre-cruzamientos que se destacan en el ensayo de Yolanda Martínez-San Miguel y Frances Negrón-Muntaner, a través del cual nos aproximamos a las definiciones y redefiniciones de las identidades que se van conformando y remodelando en las múltiples facetas de la vida humana, identidades de género, sexuales, sociales, nacionales, políticas, asumidas por el propio sujeto y proyectadas, impuestas o prescritas desde el ámbito social. En su estudio de Para Ana Veldford de Lourdes Casal y en la entrevista subsecuente, Martínez San-Miguel y Negrón-Muntaner analizan las relaciones entre la revolución y la diáspora cubanas y el lesbianismo, e indagan la develación del secreto que se da en el cruce de las fronteras nacionales, políticas y de género.

Cruzar fronteras, traspasar intersticios, reconfigurarlos, conduce a nuevos umbrales, espacio/tiempo donde se abre, descubre, entrevé, algo nuevo, diferente. Aunque las medidas cronológicas por sí mismas no implican necesariamente novedad, el inicio de un nuevo siglo simboliza un nuevo umbral.

Si bien el siglo XXI se inició bajo el signo ominoso del 11 de septiembre del 2001 y las invasiones de Afganistán e Irak, que han conducido a una mayor polarización del mundo y a la acentuación de fronteras geopolíticas e ideológicas, queda aún la esperanza o la posibilidad de acceder a un mundo distinto. Los cambios que se dieron en el siglo XX no sólo sembraron tempestades. En el ámbito social y político se han cruzado fronteras que parecían infranqueables, en la ciencia se redefinen constantemente los límites de lo explicable, accesible o posible. México está todavía en el umbral de una reconfiguración de la vida política, de una era de transformaciones deseadas.

Carlos Monsivaís reflexiona acerca de los cambios que se han dado, sobre todo en los últimos treinta años, en el concepto de nación y en la vida social y política del país. Estos no se han dado, plantea, sólo desde la globalización al estilo americano, sino también desde el interior mismo de México. Contra el determinismo, patente en el sexismo, el clasismo, el tradicionalismo de la iglesia católica y aun de algunos políticos, han surgido y están presentes, y vivos, en la vida social conceptos clave como la sociedad civil, la tolerancia, la diversidad y la pluralidad, que constituyen no sólo palabras sino ideas para la acción y que, en su conjunto, permiten vislumbrar el primer intento de ciudadanía global. Si bien, en el umbral del siglo XXI, subsisten en México problemas seculares como la pobreza y la discriminación, así como brutales formas de violencia contra las llamadas minorías (étnicas, religiosas, de género), la reivindicación del laicismo y las nuevas ideas, movimientos y realidades sociales han puesto en crisis la idea homogénea y autoritaria de la nación.

Los cambios, excepto en las revoluciones o cataclismos, suponen un tránsito, como ya sugiere Monsiváis. Desde el movimiento feminista de los años setenta, las mujeres hemos buscado con más fuerza acentuar e intensificar nuestra participación en la vida pública y en la política de nuestro país. Aunque hay cambios evidentes en la composición de la fuerza laboral, en la participación en la vida pública, y cada vez más en la migración, y aun cuando representamos algo más de 50% de la población, las mujeres en México no hemos logrado, sin embargo, entrar de lleno en el territorio de la acción y la representación política. En buena medida, estamos con un pie en el umbral de la plena representatividad y de la equidad en el ámbito político.

En este sentido, Alejandra Latapí plantea la necesidad de integrar la perspectiva de género a la conceptualización de la relación entre ciudadanía y democracia y a la definición de políticas públicas, no como mero discurso, sino como proceso de transformación cultural; explica las razones por las que el sistema de cuotas es un cambio importante, pero no suficiente, y plantea que es necesario impulsar cambios más decisivos para lograr la equidad en lo político, lo económico y lo social.

Los cruces, intersticios y entrecruzamientos que visitamos en ámbitos aparentemente más visibles, se dan también en la zona fronteriza entre el bien y el mal, en el ámbito de la ética y la cultura. En Fronteras capitales, examinamos con un toque más lúdico, pero no menos profundo, una de las listas de requisitos que en el mundo occidental se han concebido para evitar el mal vivir, viajar al bien vivir y ser aceptado en el territorio de la salvación: los pecados capitales.

Las fronteras entre el Bien y el Mal son muchas veces confusas. Aunque para muchos el ángel de la guarda y el demonio de la infancia puedan simbolizarlas claramente, los discursos de las dictaduras sudamericanas en los años setenta o los de Bush hoy nos demuestran que, al menos en el discurso, la cara del virtuoso y del villano pueden volverse intercambiables.

En nuestra vida cotidiana, social y personal, a menudo nos vemos confrontadas con límites entre bien y mal (comunes y corrientes) que definimos o redefinimos, en cada decisión, por obediencia o transgresión a las normas.

Esas disyuntivas, trazadas en blanco y negro en la lista de pecados capitales de la tradición cristiana, pueden leerse hoy como nuestras pequeñas o grandes, recurrentes o remotas fronteras capitales.

Aquí nos tomamos la libertad de redefinir algunas de sus colindancias —uniendo, por ejemplo, gula y anorexia o ira y templanza en un sentido lato—, en cierto modo, para actualizarlas o reconfigurarlas en vista de las dicotomías que hoy nos aquejan. Para explorar estos territorios en el umbral del siglo XXI, invitamos a siete escritores a adentrarse en los intersticios de estas fronteras. El único requisito para este viaje era que trataran su tema libremente, como ensayo o ficción, en un espacio textual limitado. Los hallazgos de viajeras y viajeros son diversos y fascinantes. En su entrecruzamiento de géneros literarios, reflexión y creación, Sergio González Rodríguez, Mónica Lavín, Cristina Rivera Garza, Hortensia Moreno, Lucía Raphael, Margo Glantz y Alvaro Enrigue nos presentan fronteras capitales que son y no son muy distintas de la lista original. El resultado sin duda invitará a nuevas reflexiones. Cerramos esta sección con otra frontera capital, ausente de la lista oficial: la brecha entre vida y muerte, en la figura sombría del suicidio, abordada con valor, contundencia y sensibilidad por Arnoldo Kraus y las personas cuyas voces nos transmite en su texto.

Literatura y filosofía son campos donde el cruce de umbrales, los intersticios entre palabra y silencio, la hibridación de voces, han encontrado algunas de sus más completas y complejas expresiones. Desde la ficción, Carmen Boullosa ofrece un relato en que se entrelazan confesión, relación de viaje, naufragio amoroso y búsqueda de nuevas experiencias en la escritura y en la vida, y nos presenta una aproximación lúcida a los motivos por los cuales una mujer puede desear y destrozar el amor y apostar por la maternidad como exploración y como venganza.3 Desde la filosofía, Ana María Martínez de la Escalera invita a una exploración conceptual en tres tiempos de las fronteras, que nos lleva de lo desconocido a la alteridad, a través de una geografía imaginaria que crea diferencias, e invita a la reflexión y a la resistencia.

Alma Luz Beltrán y Puga presenta una crónica de lo que llama las incongruencias de la Suprema Corte de México. Las últimas resoluciones que han tomado hacia fuera exhiben respeto ante la libertad sexual de las mujeres, sin embargo, no puede decirse lo mismo de la decisión tomada sobre un magistrado al interior de la corte. Los mismos jueces supremos han establecido un límite para la libertad de las mujeres, mostrando que a veces, en ciertos lugares, el acoso sexual no tiene por qué considerarse una falta grave ni sancionable.

La sección de argüende, que generalmente trae el humor y la música a la revista, está dedicada en esta ocasión a las mujeres y hombres que cayeron en manos del ejército hace 30 años tras el funesto golpe de estado en Argentina.

fronteras, intersticios y umbrales propone una aproximación al pensamiento crítico, a través de aportaciones teóricas interdisciplinarias que rearticulan nociones emergentes de espacio e identidad, experiencias extremas al límite de la nación y sus discursos, batallas culturales por la representación de la ciudadanía y los derechos humanos, y propuestas literarias y visuales que nos ayudan a descifrar nuestros propios límites. Va nuestra propuesta como invitación para la construcción de políticas, razones, discursos que indaguen en todo aquello que se acumula en los extremos, en los confines, en los rincones de naciones, cuerpos e imaginarios.

Lucía Melgar y Marisa Belausteguigoitia

1 La noción de desterritorialización parte de los trabajos de Deleuze y Guatari, en especial El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia.
2 Además del texto ya clásico de Massey, Space, Place, Gender, otras importantes teóricas han retrabajado esta noción, como Daphne Spain en Gendered Spaces, Gillian Rose en su libro Feminist Geography: The Limits of Geographical Knowledge. DEBATE FEMINISTA dedicó su volumen núm. 17 (abril 1998) a la discusión de estos nuevos debates sobre el espacio y su relación con el género y la sexualidad.
3 DEBATE FEMINISTA ha explorado ya en otros números la maternidad, no solamente como el estado esperado y más bello de la mujer, sino como un tránsito que es complejo y desarticulador.

Comité Editorial

Marta Acevedo
Enid Álvarez
Marisa Belausteguigoitia
Gabriela Cano
Dora Cardaci
Mary Goldsmith
Nattie Golubov
Lucero González
Sandra Lorenzano
María Consuelo Mejía
Araceli Mingo
Hortensia Moreno
Mabel Piccini
María Teresa Priego
Raquel Serur
Estela Suárez