Sexualidad: teoría y práctica

Sexualidad: teoría y práctica Book Cover Sexualidad: teoría y práctica
Varios
enero 2005

Editorial

Tal vez la llamada “sexualidad normal”, con todos sus preceptos y restricciones, es sólo uno de nuestros grandes mitos. Y como todo mito, algo mucho más cercano a la fantasía que a la realidad. Tal vez la sexualidad “normal” sea sólo una aspiración difícil de alcanzar, inclusive para quienes creen que su única finalidad debe ser la reproducción y su único ámbito legítimo, la familia monogámica, legalizada y sacralizada por las instituciones en el poder.

El principal problema es que la idea de esa “normalidad”, definida más bien en términos negativos y siempre en detrimento de las diferencias interpretadas como “anormalidades”, ha regido y rige muchas de las prácticas sociales de represión y exclusión que gobiernan nuestros cuerpos. La negativa o la imposibilidad de someterse a la “normalidad” ha implicado, para muchísimas personas, el costo de la marginación, la amenaza, la soledad, la vergüenza, el castigo, la culpa, el silencio.

Fue seguramente Freud1 el primero que exploró el tema con lucidez y amplitud de criterio excepcionales y llevó a cabo una crítica lo suficientemente rigurosa y aguda como para seguir ofreciendo, noventa años después, respuestas a las grandes incógnitas que se repiten en cada situación personal, en el momento en que alguien se enfrenta con su propia sexualidad como un enigma y se vuelve a preguntar las mismas cosas que todos nos preguntamos.

A partir de entonces, lo que Freud —respetuosamente— llamó “desviaciones”, “aberraciones” o “perversiones”2 parecerían haber ido ganando los espacios que la moral sexual predominante les ha querido negar a lo largo de la historia de maneras sobre todo violentas; y así hacen su aparición no precisamente esas sexualidades diferentes, alternas, disidentes, heréticas —pues siempre han existido personas que no se pueden o no se quieren someter a la normatividad plana de unas reglas sexuales impuestas, y la demostración de su existencia está en el propio discurso de la moralidad machacona que pretende restringir las experiencias del cuerpo mediante prescripciones y proscripciones físicas o metafísicas, actuales o virtuales, imaginarias o materiales— sino su posibilidad de autonombrarse, de escribirse, de proclamarse desde una propuesta de libertad donde el moralismo y la normalidad ya no encuentran acomodo.

La variedad de las sexualidades se enfrenta entonces a un diálogo critico, a un replanteamiento que ya no se funda en una serie de argumentos axiológicos y certezas —hace largo tiempo abandonados o a lo mejor nunca completamente asumidos—, como la naturaleza, la biología, la reproducción de la especie, etcétera. La sexualidad no se agota en el cuerpo ni puede estar sancionada por los imperativos de la familia, de la economía o de la política predominante. Y el principal resultado que genera ese diálogo es precisamente la necesidad de prescindir de nuestra idea de normalidad.

La sexualidad aparece en una gama muy amplia de expresiones: desde la posición del misionero hasta la pura contemplación, pasando por todas las variantes imaginables respecto del fin y el objeto sexuales —para seguir a Freud, quien en su afán de atribuir todas nuestras motivaciones a las pulsiones sexuales nos dio incluso la coartada de la sublimación.

En esta desnormalización, los propios paradigmas se convierten en puntos problemáticos; la pregunta ya no se reduce a los orígenes de las perversiones, sino que pone a la vieja y tranquilizante “normalidad” en el banquillo de los acusados, bajo la mira de los analistas, y la somete al mismo interrogatorio al que había sometido a todas las otras sexualidades, con el mismo derecho: la heterosexualidad adulta monogámica institucional se compara entonces con la ninfomanía, el fetichismo, la homosexualidad, el exhibicionismo, la paidofilia, el voyeurismo, el sadomasoquismo, el onanismo, en fin, con todos sus —ahora— iguales: si el instinto sexual es un principio independiente de su fin y de su objeto, cualquiera de los caminos que tome es un misterio, y cualquier reglamentación es “antinatural”, especialmente la castidad, la fidelidad y la monogamia.

La sexualidad ha estado presente de muchas maneras en debate feminista; sin embargo, nunca habíamos dedicado un número al tema y esta omisión preocupó a nuestro comité editorial cuando hicimos una revisión de nuestras temáticas en el número 10. Decidimos poner manos a la obra y dimos varias vueltas en redondo, exploramos varias opciones (la más creativa fue hacer una antología sobre “la calentura” que nunca llegó a cuajar) hasta desembocar en lo que presentamos hoy. Con este número iniciamos una segunda época de la revista, que implica no sólo el nuevo diseño de la portada que nos ofrece Carlos Aguirre, sino una nueva forma de trabajar internamente.

En este número hemos querido ofrecer un panorama de las maneras en que diferentes sexualidades se autonombran, se cuestionan, se expresan y se escriben. No puede ser completamente abarcador, pero al menos quiere ser heterodoxo y contradictorio, disonante y perturbador.

En el primer bloque de ensayos quisimos trazar un mapa de los limites más evidentes de la sexualidad, a partir de los ejes hombre/ mujer y heterosexual/homosexual. Complementamos el panorama con una reflexión sobre uno de los personajes más inquietantes del erotismo: la dómina, actriz del escenario del sadomasoquismo.

Dentro de este recuento de los deseos no podía faltar, por supuesto, una de las preocupaciones que amenazan con convertirse —para nuestro horror— en el signo de los tiempos: el sida. Y cerramos “sexualidad: teoría y práctica”, con una amplia interpretación de la cultura sexual en México. El contrapunto de toda esta reflexión, justo balance para textos tan duros, es el relato de Joaquín Hurtado, que publicamos esta vez en nuestra sección “desde la literatura”, y la selección de imágenes eróticas que nos ofrece Araceli Mingo en “desde la mirada”.

Hemos hecho un serio esfuerzo para no olvidar los momentos que vivimos en México; creemos que los textos de Carlos Monsiváis y de Margo Glantz nos proponen una buena pista de aterrizaje. Además, damos la bienvenida a Araceli Ibarra Bellon que trabaja desde Guadalajara los problemas de aquí. En crítica y escritura repetimos a dos autoras favoritas que no necesitan presentación: Jean Franco y Margaret Atwood.

Teresa de Lauretis junta psicoanálisis y crítica cultural desde el diván; publicamos un texto de hace veinte años de Julia Kristeva, un poco sorprendidas ante su flamante vigencia a través del tiempo; y otro muy nuevo de Alessandra Bocchetti con preguntas y respuestas sobre asuntos que nos preocupan mucho. No publicamos algunas de nuestras secciones acostumbradas como “memoria” —y “lecturas” está seriamente reducida— porque nuestro proyecto editorial está sintiendo pasos en la azotea, igual que casi todos los habitantes de este país, con esa fea crisis económica. A ver si la cosa se compone. Es probable que en el futuro DEBATE FEMINISTA tenga que adelgazar.

HM

1 Véase Tres ensayos sobre teoría sexual, Alianza, Madrid, 1972.

2 Recuérdese que Freud hablaba de “desviaciones” respecto de esos dos paradigmas (también considerados por él como algo que necesitaba una explicación: el “fin sexual normal” y el “objeto sexual normal”) que caracterizan el acto (el coito) descrito como la conjunción de los genitales de dos personas adultas de diferente sexo.

Comité Editorial

GABRIELA CANO
MARY GOLDSMITH
LUCERO GONZÁLEZ
MARTA LAMAS
ANA LUISA LIGUORI
ALICIA MARTÍNEZ
MARIA CONSUELO MEJÍA
ARACELI MINGO
HORTENSIA MORENO
CECILIA OLIVARES
ESTELA SUÁREZ
MARIA LUISA TARRES
JESUSA RODRÍGUEZ
ISABEL VERICAT