El feminismo en Italia

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Marzo 1991

Editorial

En diciembre se cumplen diez años del asesinato de Alaíde Foppa a manos del ejército guatemalteco. Ya sabemos con certeza que murió después de tres días de tortura, sin haber confesado el paradero de sus hijos Silvia y Mario. Pero a Alaíde no la mataron por ser madre de guerrilleros. El gobierno de Lucas García tenía información sobre la voluntad de Alaíde de volverse la representante en Europa de la causa del pueblo guatemalteco. Con sus muchas amistades, su don de gentes y su manejo de varias lenguas, Alaíde se convertiría en la mejor embajadora de la Guatemala resistente. Esa era la decisión que había tomado en septiembre, hace diez años, a raíz de la muerte accidental de su marido Alfonso. Entonces Alaíde quedó libre de ataduras domésticas y se preparó para otra vida, una de compromiso y renuncia, pidiendo por escrito su ingreso al Ejército Guerrillero de los Pobres. Ojalá y algún día tengamos la suerte de recuperar esa carta.

Alaíde Foppa fue secuestrada y torturada por su compromiso con la guerrilla guatemalteca. Pertenecía a una familia de la oligarquía y en ese momento su cuñado era ministro de Economía. Al gobierno guatemalteco no le convenía la segura publicidad negativa que significaría su desaparición; sin embargo, prefirió las consecuencias de su asesinato porque eran menos graves que las que implicaría su trabajo internacional. Su muerte es una de las miles de muertes de personas que han elegido la causa del pueblo guatemalteco. En este segundo número de debate feminista nos unimos al homenaje en su recuerdo publicando unas líneas de Luis Cardoza y Aragón, un texto de Elena Poniatowska y los recuerdos y expectativas de su hija Silvia.

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Una preocupación dio vida a este número: el debate feminista sobre la diferencia y la igualdad. A pesar de que para nuestra práctica política es fundamental precisar lo que implica la reivindicación de la diferencia o de la igualdad, las feministas mexicanas hasta ahora no lo hemos hecho. Conocemos parcialmente estas posiciones téoricas, pero no hemos analizado ni investigado lo que cada una supone —como toma de posición— para orientar nuestras acciones.

El debate sobre la diferencia y la igualdad gira alrededor del concepto de diferencia sexual. ¿Es esta innegable diferencia la causa de las otras diferencias entre hombres y mujeres?, ¿somos las mujeres y los hombres personas iguales en cuerpos diferentes, o el cuerpo implica una diferencia irreductible? La reflexión sobre la diferencia sexual es central para el feminismo. Con base en esta diferencia todas las sociedades ordenan su mundo binariamente. El género es resultado del establecimiento de distinciones a partir de la diferencia sexual: adjudica atributos y potencialidades, así como frenos y prohibiciones, a uno y otro sexos. La construcción cultural de una idea de masculinidad y otra de feminidad define tanto aspectos individuales no relacionados con la biología —el intelecto, la moral, la psicología y la afectividad— como aspectos sociales —la división del trabajo, las prácticas rituales y el ejercicio del poder.

La existencia de dos sexos, y sus correspondientes géneros, el femenino y el masculino, son el fundamento de la división social en todas las sociedades. Sin embargo, Freud, en una reflexión fundamental sobre el tema, afirmó que la masculinidad y la feminidad son construcciones teóricas de contenido incierto. Esto ha quedado comprobado a luz tanto de las investigaciones recientes sobre identidad sexual y género, como a la luz de las de la clínica psicoanalítica. Lacan retoma el pensamiento freudiano y ahonda la explicación del proceso de constitución del sujeto sexuado al incluir el papel del lenguaje: para que la diferencia sexual sea algo más que una marca anatómica ha de inscribirse en la cultura, y ese proceso de inscripción se da con el lenguaje. Esto lo retoma Stoller, para quien, al margen del dato sexual real, el infante se atribuirá el género que simbólicamente se le adjudique: se sentirá lo que le digan que es, lo que lo nombren.

La diferencia simbólica, al ser asumida por el sujeto, produce un imaginario: las concepciones sociales y culturales sobre la masculinidad y la feminidad. Por eso la existencia de un orden simbólico previo al cual ingresa el sujeto por medio del lenguaje nos enfrenta a una situación tipo "¿qué fue antes, la gallina o el huevo?": la sociedad organiza el género y el género organiza a la sociedad. Al intentar descifrar este dilema es común caer en la tentación de buscar la referencia "natural". Esta pretensión totalizadora y universalista choca ante la variedad de formulaciones de género: lo que en una sociedad es considerado femenino, en otra es masculino; lo que en una cultura es visto como natural en otra se ve como antinatural. Sólo nos queda reconocer que ninguna representación de la masculinidad, o de la feminidad, es la "real", la "esencial" o la "natural".

En cualquier sociedad, el signo femenino remite a la diferencia con el masculino. Tanto cultural como lingüísticamente, ningún símbolo tiene valor en sí mismo; su valor depende de la posición que tiene en el sistema. Por eso es que la propuesta de un significado, la definición cultural, será siempre establecida por analogía, o sea, será imaginaria, y su valor radicará en la diferencia. La diferencia sexual —como significante— produce un universo de representaciones y categorías y logra hacer de los machos y las hembras humanas los hombres y las mujeres de una cultura. Este es el proceso de adquisición del género, que se establece de la simbolización que se hace de lo anatómico y de lo reproductivo.

Pero si las representaciones de la feminidad o la masculinidad y las ideas de lo que son una "mujer" y un "hombre" no tienen un significado irreductible, sino que son el resultado de la simbolización de la diferencia sexual, que es una producción histórica y cultural, ¿qué es entonces la diferencia sexual? Tenemos que el sujeto no existe antes de las operaciones de la estructura social, sino que es producido por las representaciones simbólicas dentro de formaciones sociales dadas. Y si la diferencia anatómica es simbolizada de formas diversas, esto nos lleva a aceptar que la diferencia sexual no es tanto una entidad empírica, como una construcción perteneciente al orden de las representaciones, resultado de una operación simbólica. En la última década, el pensamiento feminista, al intentar comprender cómo se establece la diferencia de los sexos para los seres parlantes, se ha interesado por el psicoanálisis, pues éste ha trabajado el proceso por el cual nos constituimos como personas.

De este interés por entender la interiorización del orden simbólico han derivado varias vertientes de reflexión y práctica feminista. En este número de debate feminista presentamos una de las más interesantes y poco conocidas: la del feminismo italiano. A pesar de sus diferencias internas, éste ha impulsado una reflexión, un debate y una práctica que constituye una perspectiva nueva para cuestionar la construcción teórica del sujeto, supuestamente universal, pero masculino. Para las feministas italianas, el reconocimiento de que el mundo está sexuado tiene consecuencias epistemológicas y políticas ya que cuestiona el postulado filósofico clásico occidental que niega la existencia de la diferencia sexual. Este nuevo pensamiento introduce la mediación de la diferencia sexual adonde reinaba el falso absolutismo de un neutro/masculino. Por eso las italianas ya no hablan de "discriminación", sino que impulsan una serie de términos que hacen referencia a la parcialidad de ser "hombres/mujeres". El pensamiento de la diferencia sexual plantea que se debe considerar a la cultura humana como compuesta por una subcultura masculina y por otra femenina. Aunque el alcance teórico de esta perspectiva está todavía por verse, lo interesante es la resonancia política que ha tenido el hecho de volver visible la presencia de sujetos sexuados, específicamente dentro del Partito Comunista Italiano (PCI). Varios artículos del dossier hablan de ello.

Escoger el principio de la diferencia sexual como concepto teórico supone afirmar que el pensamiento de las mujeres es diferente porque es sexuado. Esto, de entrada, nos choca, pero la manera en que las italianas lo desarrollan le da un giro distinto, no biologicista. Maria Luisa Boccia habla de "asumir, en la perspectiva política de las mujeres, la duplicidad del sujeto, desde un punto de vista sexuado". Esto supone una posición distinta no sólo del llamado feminismo de la diferencia, sino también del que plantea la de(s)construcción en tanto método para desmontar el género. Tendríamos así que hoy, en la punta de la reflexión teórica feminista, destacan dos posiciones: la que pretende de(s)-construir el modo en el que se ha construido la diferencia sexual en los ámbitos simbólico y práctico, y la que quiere construir una visión del mundo y de las relaciones a partir del reconocimiento de la diferencia sexual. En este número de debate feminista presentamos argumentos de las dos posiciones; además del debate en el dossier italiano, en un nuevo espacio, llamado desde otro lugar, intervienen varios autores sobre cuestiones relativas a la de(s)construcción.

desde otro lugar nace como un espacio para ser ocupado por personas supuestamente no feministas, pero interesadas en debatir con nosotras. Lo inaugura Mabel Piccini, a quien le agradecemos no sólo el texto que escribió especialmente, sino también el trabajo de armar esta sección, que implicó leer y dictaminar muchísimos materiales que le ofrecimos, de los que seleccionó los ensayos que le parecieron más adecuados. Esperamos que desde otro lugar inicie una nueva posibilidad de colaboración, con ella y con otras personas.

Porque una de las convicciones que sostenemos es que debate feminista debe convertirse en verdad en un espacio de debate, interno y con otras posiciones. Los últimos meses han significado un proceso de critica y búsqueda para las integrantes de esta revista. Tal parece que hay que hacer las cosas para darse cuenta de que no eran lo que esperábamos o lo que queríamos. A la mayoría del equipo de debate feminista no nos gustó el primer número. Ya publicado, nos pareció que no se entendía bien el por qué de la selección de algunos artículos sobre democracia, además de encontrar que otros ensayos habían envejecido, y que no era lo mismo escuchar el material de las mesas redondas sobre amor y democracia en una conferencia hablada, con gracia, que leerla, meses después, en frío. En fin, estábamos descontentas. La insatisfacción vuelve a aparecer desde ahora en este segundo número, un número no suficientemente debatido entre nosotras, con necesidad de un mayor trabajo editorial, sobre todo en ubicar el contexto de los artículos italianos. Por otra parte, también hay aspectos que nos fortalecen. La revista ha tenido una buena recepción crítica, y ya empiezan a llegarnos trabajos de manera espontánea. Esperamos seguir cambiando y que la revista dé cuenta de ello.

Sabemos que dejamos sin respuesta las interrogantes de la preocupación inicial que nos motivó: ¿qué implica la diferencia sexual? ¿acaso pertenecer a dos sexos diferentes da lugar a dos modos de experimentar el mundo y de conocerlo, de construir relaciones y dar significados? ¿o somos personas con características humanas iguales a pesar de nuestras diferencias? Estas son, de algún modo, las grandes dudas del feminismo. Seguiremos elaborando sobre ellas y queremos también reflexionar sobre qué supone la igualdad.

Aunque se suele dar un sentido único a la igualdad, pensamos que puede haber una igualdad con reconocimiento de las diferencias. Jean Starobinski decía que la cuestión de la igualdad tiene dos dimensiones: se trata de una interrogación filosófica relacionada con la representación que nos hacemos de la naturaleza humana, y al mismo tiempo implica una reflexión sobre el modelo de sociedad justa que nos proponemos. En esas dos dimensiones (la filosófica y la sociopolítica) radica justamente la dificultad de esclarecer la cuestión de la naturaleza y el valor de la igualdad. Por eso, la lucha para que la diferencia entre hombres y mujeres no se traduzca en desigualdad social, política y económica, se ha encajonado en la "lucha por la igualdad". Tal vez debería llamarse lucha contra la desigualdad, pues mientras no hayamos acabado con la desigualdad socialmente instituida no podremos realmente reconocer si hay o no diferencias, más allá de las biológicas, entre hombres y mujeres.

ML

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